Ambición

De la memoria y nuestras mayores

Seguimos leyendo en la cama. Termino de leer Mujeres que leían de Rosa Huertas. Me emociono, estoy a punto de llorar y miro de soslayo si te has dado cuenta. Tú estás con Hasta aquí hemos llegado de Antonio Fontana. Creo que no. 

Vuelvo a leer este párrafo en la página setenta:

Comprendí que a lo que se debe aspirar no es a la gloria ni a la notoriedad ni a las riquezas. La fama es lo más efímero que existe: a lo único que alguien cabal puede aspirar es al olvido. Somos olvido, pero hasta que el tiempo nos borre, queda la posibilidad de elevarse sobre el suelo creando algo tan nuestro como los latidos del propio corazón. Algo que nos haga creer por un instante que somos inmortales porque los deseos no se nos han resistido.

El libro de Huertas es la respuesta al de Fontana. En el de Fontana tenemos a once mujeres que sueñan con sus antiguas vidas, reales o ficticias; once voces que conviven, olvidadas, y se refugian en el pasado debido a su amargo presente. En el libro de Huertas encontramos relatos de mujeres que no se conformaron con su destino. Si para Fontana: “todos olvidamos lo que nos interesa, recordamos lo que podemos, y el resto nos lo inventamos”, para Huertas “Es la labor de la memoria: soltar las tristezas para que pensemos que jamás ocurrieron y dejarnos los recuerdos felices para agarrarnos a ellos en las tardes lluviosas de invierno”. 

Cuando no escribo, me empeño en encontrar respuestas en los libros de los otros. Novelas que son más esclarecedoras que un ensayo. ¿Qué hilos invisibles me llevan de uno a otro? No hay causa efecto. He leído otros mientras tanto. El de Slavoj Zizek sigue empezado en la mesa del salón y sólo lo leo después de comer. Me preguntaste ¿De qué va?, cuando me tumbé encima de ti y me quedé a un palmo de tu cara, sonriéndote. Poscapitalismo, dije, y tu resoplaste.

Bajo a preparar el desayuno. Busco en el viejo Ipad el tema operístico preferido de Huertas, La vita, de la ópera Tosca. Pero Spotify dice que no tengo conexión. No se llevan bien. Son como un viejo matrimonio que se tolera, convive, pero no es feliz. Son tan incompatibles que ni siquiera la rutina de la convivencia les ha enseñado a amarse. No estoy hablando del Ipad ni de Spotify. Todavía estoy pensando en el libro de Huertas. Lavo unas fresas, las pongo en un tazón verde de porcelana y añado panela. Meto dos rebanadas de pan congelado en el tostador, pongo el café al fuego. La miel de aguacate es mucho más oscura que las otras. Este pan te ha salido mucho mejor que los anteriores, te lo recuerdo y sientes la presión de tener que hacer el próximo. Mejorarlo.

¿Qué buscas?, me preguntas cuando me ves refunfuñando con el Ipad. 

Una canción, una aria, la preferida de Rosa Huertas, respondo. 

Mientras preparo la tostada de aguacate, lo intentas. Spotify, o el Ipad, se niegan a poner banda sonora al desayuno. Eliges una lista de óperas famosas y nos sentamos a la mesa. Recordamos la única vez que hemos ido a una ópera. Actuaba Lorena. Nos regaló las entradas. Y un recuerdo lleva al siguiente: el día de nuestra boda, Risto nos regaló entradas para la Sinfónica de Galicia. Tu cara se ilumina al recordar aquel día. Pienso que decir “el día de nuestra boda” suena a algo demasiado importante. No es así como lo recordamos. Después de comer, en el restaurante de Alfonso, fuimos al concierto. Qué bien lo pasamos, dices. Luego llovía, cogimos un taxi que nos dejó en el Pasaje y tomamos algo con Emma. Nos fuimos a dormir pronto. El día de nuestra boda. Puede que sea cierto. No tengo ningún recuerdo de todo lo que me cuentas y me limito a disfrutar de ese pasado, en el que supongo yo participé, como si me estuvieras contando una película. Vuelvo a vivirlo gracias a ti y pienso que luego voy a escribirlo para volver a recordarlo cuando, pasado el tiempo, vuelva a leer esta página y me sorprenda de lo felices que hemos sido. 

Somos. 

Ahora y antes.

Por la tarde, entras en el despacho mientras yo escribo esto. Me devuelves el libro de Fontana y me preguntas, con cautela, por el final. 

Sí, es lo que piensas, te digo.

Entonces…

Repaso otro fragmento subrayado en la novela de Huertas:

De nada sirve pensar en lo que pudo ser y no fue, ni en los éxitos no logrados ni en el destino diverso si la vida nos hubiera dado antes la oportunidad de ser quienes queríamos ser.

He tardado tiempo en entenderlo y, todavía, a veces, me sigo lamentando de todo lo que no leí cuando era joven, de no haber leído lo que otros leyeron porque yo tenía que trabajar, de no haber estudiado una filología o filosofía o cualquier otra carrera inútil porque, con una carrera de ciencias, sería más fácil conseguir trabajo. Entonces me doy cuenta: todavía hoy, muchas personas siguen sin perseguir sus sueños. Como le pasaba a la madre de Huertas, a todas las mujeres de su generación a las que se les obligó a permanecer en casa, a las que se les negó una educación, muchas personas hoy en día no se atreven a perseguir sus sueños porque tienen que “ganarse la vida”. Ahora, lo más triste, es que son ellos mismos los que se obligan. La decisión más difícil, la más complicada es romper con eso que nos han dicho de “tienes que ser alguien”, la idea del trabajo estable, la vida del funcionario. Para vivir sin problemas. Pero, ¿qué tipo de vida es esa? 

Segunda epifanía: creo que nunca me habría atrevido a hacerlo sin ti.

No recuerdo el día exacto. Me lo invento. 

Un día, nos cogimos de la mano y saltamos al vacío, decidimos dedicarnos a vivir, no a pagar facturas, hacer que cada día mereciera la pena, no esperar a mañana para hacer lo que queríamos hacer. Hacerlo hoy. Sin importarnos las consecuencias.

Nos obligan a ser. 

No hay mayor libertad que dejar de querer ser.

Atención spoiler: Conozco pocos escritores millonarios. Tampoco conozco muchos informáticos que lo sean. Conozco muchos escritores y muchos informáticos que, de una manera u otra, llegan a final de mes. Lo importante es que mañana, cuando el escritor, o el informático, despierte piense lo mismo que la madre de Rosa Huertas a sus 76 años:

Es lo mejor que he cantado nunca, me sentí satisfecha. No estaba cohibida ni avergonzada, lo estaba haciendo bien y era consciente de ello. Ya sé que puedo hacerlo, que siempre he podido cantar bien. Ahora estoy segura, con eso me basta.

Nunca he querido cantar, pero sé a lo que se refiere.


Recomendaciones de la semana

  • Una película que merece la pena recordar: Madame Marguerite de Xavier Giannoli. Quizá tengas que bajar el volumen en algún momento, pero esta historia de “una rica excéntrica íntimamente convencida de la riqueza de su voz, con la que en realidad destroza las mayores óperas con la complicidad de auditorios convenidos e hipócritas: una pasión desquiciada marcada por la mentira” es perfecta para una sobremesa. Puedes leer un artículo interesante sobre esta película aquí.

  • No sé nada de ópera, pero la historia de la soprano Victoria de los Ángeles me ha encantado. El podcast no llega a los 20 minutos. Puedes escucharlo aquí.

  • Los libros mencionados y citados en este artefacto son: