Altruismo

La vida fácil de Bernard Madoff

El jueves 15 de abril leo que Bernard Madoff ha muerto. Estoy en la cafetería Pitágoras, frente al IES Bezmiliana de Rincón de la Victoria. Hay dos conductores de autobús a mi lado. Apoyados en la barra, como a dos metros de mí, hablan en voz alta de motos. Uno quiere comprarse un casco, le va a poner un vinilo naranja. Dice el precio del casco. El otro dice que es muy caro. Llevo un rato aquí. Hablan muy alto y yo intento leer la noticia en mi teléfono móvil. Ha muerto Madoff. Seguía en prisión. Tenía 83 años. El juez le denegó el permiso a salir aunque sabía que estaba muy enfermo. Madoff fue el responsable de la mayor estafa piramidal que se conoce. Se calcula que unos 55.000 millones de euros. Utilicé su fechoría para construir una novela sobre la codicia, Todo es mentira.

Reviso la última versión, de 2013. Escojo un fragmento:

No recuerdo mi vida, dice Lolita Bosch en su novela La familia de mi padre y puedo afirmar que yo tampoco porque la memoria es un ejercicio de escritura, de reescritura, en el que mezclo mis propios recuerdos con aquello que me contaron, con las fotografías que he visto o aquello que sé (que creo saber) sobre las personas que aparecen.

¿Para qué contamos historias? Para contarnos a nosotros mismos. Hablar a través de personajes sin que se note que somos nosotros los que decimos, quienes estamos ajustando cuentas con el pasado. Reflexionamos sobre el presente y llegamos a un acuerdo con lo que creímos haber vivido. Nos confundimos con el personaje hasta tal punto que no sabemos quién está hablando, a quién le pertenecen esos recuerdos. Aceptamos lo que queda escrito. Una de tantas versiones se define como auténtica y nos quedamos tranquilos.

Un tiempo.

En el que estás sin pensar, sin hacer nada, contigo mismo.

Y esto puede hacer enloquecer a mucha gente.

A la mayoría.

Utilicé a Madoff para contar mi historia. Y luego me olvidé de él. Me interesaba porque representa todo lo que detesto. Elegí el horror. Para muchas personas es/era la imagen del éxito. Lo aborrezco. No quiero formar parte de una sociedad así. No quiero vivir en una sociedad donde se fomenta el lucro personal por encima de todas las cosas. ¿Puedo ayudar a cambiarla?

Mis libros tratan sobre eso, una llamada crítica a la acción. Balas de fogueo. La trama es sólo una excusa para hablar del problema que me preocupa y, cuanto más grande se hace la historia (siempre), menor espacio le queda al problema. No me interesan las historias banales con las que rellenar el tiempo. No me interesa lo banal. Me refugio en el lenguaje, en mis textos. Busco la música en las palabras, sin que llegue a sonar afectado, sin sacrificar el significado del mensaje. Este contenido, el problema, condiciona el conjunto. El tiempo es demasiado valioso para malgastarlo en idioteces.

Conductor de autobús número uno insiste en que va a hacerse un vinilo para el casco. Hay un sitio cerca de su casa, donde le han dicho que curran muy bien. Llega Blanca, la profesora de Lengua y Literatura que me ha invitado a hablar con sus alumnos, nos presentamos y cruzamos la calle, entramos al salón de actos del instituto mientras le doy las gracias, le pregunto si les ha gustado el libro. Ella abre las puertas, yo observo el espacio. Algunas de las butacas tienen un punto verde, protocolo COVID, el suelo tiene una ligera pendiente. Recorro el pasillo central. Subo al escenario, donde sé que no estaré ni un minuto, escondo la mochila, saco la gorra con el número 23, el Pilot morado. Cuando me pongo nervioso, me gusta tenerlo en la mano. Con el dedo pulgar, le quito y le pongo la capucha en una especie de tic, un acto reflejo, mientras busco la palabra, el gesto adecuado. Llevo un ejemplar de Raúl y la luz azul para Blanca. Le pregunto si lo tiene. ¿Lo has leído? Niega con la cabeza. Se lo regalo. Le explico, en pocas palabras, de lo que trata. Gracias, dice. Soy un poco intenso con mis temas, bromeo. Intento justificar que en esta novela, también, hable de acoso escolar. Es algo, digo, que explicaré luego. Los alumnos empiezan a entrar en el salón de actos, entran, ocupan los asientos sin dejar de hablar unos con otros mientras yo, invisible, les observo.

Hablo del libro, de que yo fui, durante todo ese tiempo, también, un coleccionista de besos, les cuento incluso mi primer beso con sabor a Nocilla. Ellos no lo saben pero ese beso está, también, en aquella novela que escribí con la excusa de Madoff.

Con sabor a Nocilla, sentados en el escalón de la casa abandonada que daba al palenque, un beso que no volverá a repetirse, la hora de la merienda y el miedo a ser descubiertos, la precipitación, el gusto de la rebanada de pan, el dulce negro de sus dientes, la maravilla de la conquista y lo fugaz del éxito. Todo se acaba sin empezar. El primer beso en otra boca que no vuelve a repetirse, el primer beso de una chica que no recuerdo porque sólo recuerdo aquel momento y que era ella, aunque a lo mejor lo invento todo en un palenque que ya no existe, donde viven unos vecinos que han ido envejeciendo, en un pueblo que ya no es el de las escopetas de madera con cañones de tubos de obra, cuerdas de pita para llevarlas al hombro, donde todas las tardes, todas las mañanas, que no volverán, me perdía carretera adelante para cazar ranas, nunca ninguna, sólo el verde, las horas, y volvía a casa con algún renacuajo en un tarro de cristal.

Sigo siendo aquel chico, feliz, cuando salgo a pasear y me detengo a contemplar el sonido del viento en los cañaverales.

No explico nada de esto en el salón de actos. Allí hablo del Asperger, de que todos venimos con alguna tara de serie y muchas nunca serán diagnosticadas. También les digo que soy como un fontanero: cobro por los trabajos que hago, por el número de lectores que tengo. Tarde o temprano, uno pregunta al estilo Broncano: ¿Cuánto ganas? Lo suficiente para tener un chalet en Benajarafe, respondo. Algunos abren los ojos cuando oyen la palabra chalet. A siete minutos del mar, preciso. No les explico que el otro día hablaba de esto mismo, de que somos fontaneros, con Belén Rubiano, por teléfono. No soy capaz de explicarles tantas cosas que me gustaría. Pero sobre todo no puedo llevarme a un aparte a los que veo que sí escuchan. Dejar a los otros, literalmente, tirados. En su lugar, lanzo una pregunta ¿Queréis que Amazon sea la empresa más poderosa del mundo?

Después del segundo grupo, Blanca y yo tomamos un café. Cuando se quita la mascarilla, descubro que tiene boca, labios, barbilla. Al principio no puedo apartar mi mirada de su boca, sus labios, su barbilla. Llevo cerca de tres horas con ella. Y solo había visto sus ojos encima de la mascarilla. Ahora, mientras escribo esto, ni siquiera recuerdo el color de su mascarilla. ¿Negra? Llega el momento de la despedida y no sé cómo actuar. Me gustaría darle un abrazo, agradecerle de esa manera su invitación. Pero no me atrevo. Se lo digo. Tocamos nuestros codos, como si esto sirviera de algo. Me llevo una mano al corazón, sonrío, sonrío con fuerza para que mi sonrisa asome en los ojos porque ya llevamos puestas, otra vez, las mascarillas y siento, por un instante, que estoy viviendo una película distópica que no me gusta protagonizar.

Cuando se estimulan ciertos nervios, envían señales al cerebro a través de la espina dorsal y allí liberan una cascada de sustancias neuronales. Una de las más relevantes es la oxitocina, una hormona que se libera a partir de estimulación cutánea de baja intensidad, como es el caso de los abrazos, por ejemplo. Se sabe que la oxitocina juega un papel importante en el establecimiento de relaciones sociales y puede reducir el estrés e incrementar nuestra tolerancia al dolor. 

La liberación de oxitocina durante las interacciones sociales depende del contexto. El efecto reconfortante de un abrazo sólo llega si el abrazo es deseado. Cuando el contacto táctil es deseado, los beneficios afectan a las dos personas que intercambian ese roce. Es importante mencionar que no es necesario que ambas partes sean humanas. Los niveles de oxitocina aumentan tanto para el perro como para su dueño cuando el animal recibe caricias.

Cuando enciendo el teléfono móvil, tengo varias llamadas perdidas. Mensajes. De un número que no tengo en mi agenda. Es extraño. No suelo estar tan solicitado. Leo los mensajes. Son de un redactor de un programa de la COPE. Quiere hablar conmigo porque en el programa La tarde van a hablar de Madoff y ha visto que he escrito una novela sobre él. El propietario de la editorial que publicó mi novela (quien no me ha pagado ni un euro y del que hace mucho tiempo no sé nada) le ha dado mi contacto. Respondo al mensaje del redactor: Aquí me tienes. No tardo en recibir su respuesta: han cambiado de idea. No le van a dar un enfoque diferente al tema de la muerte de Madoff. Me pide varias veces perdón por las molestias y se despide diciéndome que me tendrán en cuenta para otras ocasiones. Le contesto: OK. Ya me extrañaba a mí.

Llego al lugar donde hemos quedado y termino de chequear el correo en el teléfono móvil. Nada urgente. No tardas en aparecer en nuestro coche, el mismo del que he hablado en el salón de actos del instituto. No les ha impresionado, nada, que no me guste conducir, que seas tú quien lleva las riendas, que tengamos el mismo coche desde hace tanto tiempo. Un Seat Ibiza. Cuando lo he dicho, he podido sentir su desdén, como esta confesión neutralizaba lo del chalet. Por eso, este dato suelo reservármelo para el final, según haya ido la charla, para compensar.

Dentro del coche, te digo Ha muerto Madoff. ¿Quién?, me respondes. Bernard Madoff, vuelvo a decir. Ah, sí, dices como si ya lo hubieras escuchado en la radio, sin dejar de mirar la carretera. Y veo la indignación en tus ojos, las ganas de revancha. Tu novela ya está libre, dices, girándote para mirarme. Sabes que se acabó el contrato… Estás enfadada, pero no conmigo. Con el editor. Esa novela es muy buena, dices. ¿Por qué no buscas otra editorial? Está libre, repites. Te digo que no quiero, no me interesa, remover el pasado, volver a esta historia que ya está escrita.

Nota: Durante la corrección de este artefacto, porque he elegido el deseo, he decidido cambiar el título por su antónimo (codicia por altruismo). Porque he elegido el deseo, ocho años después, Pequeño frío corazón responde al mismo impulso que Todo es mentira, convergen en el mensaje, son antitéticas en su forma. Sin renunciar a jugar con las palabras.

Recomendaciones de la semana

  • Hoy, para celebrar el Día del Libro, las recomendaciones serán personalizadas también para los suscriptores gratuitos. Escríbeme para reservar tu turno. Charlaremos por videollamada entre las 17 y las 20 horas de esta tarde. Nos llevará entre 5 ó 10 minutos encontrar tu próxima lectura y, además, aprovechamos para vernos.

  • Nos hemos acabado, de una sentada, la segunda temporada de Hierro. Aunque es un thriller, mi momento preferido es cuando Díaz le cuenta a su hija la historia del pino. Los aficionados a la intriga tenéis aquí una apuesta segura. Está en Movistar+.

  • Me ha llamado Lorena para decirme que ha visto la película de Madoff. The Wizard of Lies está en HBO. Hace meses que me di de baja en esta plataforma, así que no puedo verla. Ya me contarás. Si tampoco estás suscrito, o no te interesa el tema, he encontrado un reportaje interesante sobre el altruismo. Fíjate que digo reportaje, no digo documental. Lo he visto en Youtube.

  • Más sobre oxitocina y abrazos en eldiario.es en colaboración con The Guardian.