Capote

La búsqueda de lo auténtico

Leo algo sobre caracoles. Me acuerdo de Dani y lo subrayo. Por ese orden. 

En el jardín silencioso reinaba una atmósfera de terror sofocado. Las ventanas cerradas de las casas vecinas lo observaban ciegamente; el rastro plateado de los caracoles brillaba sobre las hojas de las marquesas, nada se movía salvo la sombra del ahorcado. Oscilaba débilmente, de un lado a otro, a pesar de no correr ni una brizna de viento.

Los caracoles se mueven despacio. Muy despacio. Aún así, llevan sobre la Tierra más de 500 millones de años. Me parecen unos animales maravillosos. Sus conchas están compuestas por calcio, oxígeno y carbono, estos elementos se combinan para formar otro mineral, el aragonito. Es cierto, se comen las plantas. No creo que sea motivo suficiente para matarlos. Me encanta comérmelos. La última vez fue en Los Hidalgos. Llevaba el polo de Infokode y acabó lleno de manchas. ¿Le gustarán a Félix J. Palma los caracoles?

Me siento en la toalla, anoto en el móvil mis pensamientos, sin elaborar. Me sorprendo con su desarrollo. Es la búsqueda de lo auténtico (y no de la verdad) por lo que no los corregiré hasta pulirlos, depurarlos. Cuido más la forma que el fondo. Me permito algún adorno y la imprecisión en el discurso. Esta imperfección, su latencia semanal y la impresión de que estoy haciendo camino.  También ahora. Ese lugar en el mundo, que algunos creen merecer, para mí tiene forma de pantalla. Ni siquiera es un cuaderno. Es una pantalla brillante y blanca que se va manchando de estas letras a medida que surgen de un cursor que parpadea y se detiene (ahora) cuando dejo de tamborilear el teclado.

No siento miedo.

La mayoría de estas ideas no aportarán nada. No pasa nada. Nada. De nada. El noventa por ciento de nuestras ideas (y de nuestras acciones) están condenadas al fracaso. ¿Sólo el noventa? Fracasar es la norma. El éxito, la excepción que confirma la regla. Hay cierto exhibicionismo en este método. La vanidad tiene un efecto secundario positivo: te empuja. A hacer algo. Lo que sea que tengas que hacer para destacar. Sin vanidad, ¿cual es la motivación? 

Te escribo todo esto para entenderme.

El único alivio posible es el éxito, y ha de ser un éxito vertiginoso y fulgurante, aunque para los artistas sin arte tan sólo exista la tensión sin goce, la irritación sin perla subsiguiente; quizá la hubiera si la presión del éxito no fuera tan tremenda. Se sienten obligados a demostrar algo, pues la clase media americana, de la que procede la mayoría de ellos, no tiene más que palabras fulminantes para las almas sensibles, para la inteligencia experimental de los jóvenes cuyos esfuerzos no obtienen un rédito inmediato en metálico. Pero cuando una civilización cae, ¿es dinero lo que buscan sus herederos entre las ruinas? ¿O es una estatua, un poema o una obra de teatro?

Color local, de Truman Capote, me ha divertido. Destila su humor afilado, esa mirada que trasciende en sus cuentos. En cada capítulo, se detiene en un personaje pintoresco, lo retrata, a él y a a su entorno, su época. Desde Nueva Orleans a Tánger, pasando por Nueva York, Brooklyn y Hollywood. Un viaje en tren por España en la RENFE de 1950. No ha evolucionado mucho. Ni el medio de transporte, ni los viajeros. De vez en cuando, nos deja un pensamiento:

Cuando releemos un viejo diario, lo que más llama nuestra atención, lo que realmente abre un surco en la memoria, suelen ser las anotaciones menos ambiciosas, las referencias a los detalles más azarosos e insignificantes.

¿Será esto lo que nos suceda cuando, en un futuro, volvamos a leernos en estos artefactos? También tiene algún dardo, afilado, para la idolatrada Nueva York.

Es posible que trabajara mucho más si abandonara Nueva York. Aunque también puede ser que no fuera así. Hasta una determinada edad, el campo es un aburrimiento; además, la naturaleza en general no me gusta, sólo me gustan algunas en concreto. En cualquier caso, a menos que uno esté enamorado, satisfecho consigo mismo, ciego de ambición, huérfano de curiosidad o reconciliado con el mundo (que según parece es el sinónimo moderno de <<felicidad>>), la ciudad es como una máquina monumental inventada para perder el tiempo y devorar ilusiones. Al poco tiempo, la búsqueda, la exploración, corre el riesgo de convertirse en una persecución funesta, en una angustiante y sudorosa carrera de obstáculos sobre cajas de Benzedrina y Nembutal. ¿Dónde está aquello que buscabas? Y, por cierto, ¿qué es lo que buscas? Rechazar una invitación representa una auténtica tragedia, y sin embargo no paras de hacerlo, para luego acabar apareciendo por sorpresa; al fin y al cabo, no es fácil mantenerse alejado de la acción cuando esa vocecilla siniestra persiste en sugerirte que recogiéndote estás dejando escapar el amor por la ventana, negándote la respuesta que buscabas, echando a perder para siempre aquello que anhelabas.

Leo un boletín en el que alguien, que vive en Madrid, está deseando irse de Madrid. La realidad es que muchas personas, que viven en Madrid, están deseando escapar. No solo en verano. Basta que tengan un día libre para huir. A algunas de esas personas les he preguntado por qué siguen viviendo en Madrid. La respuesta más socorrida es el teatro. Si les preguntas cuál es la última obra de teatro a la que han ido, es muy seguro que su respuesta sea “El rey León”. Es mejor no seguir por ahí. Otra respuesta muy socorrida son los museos. Yo soy más de bibliotecas. Y lo que dicen las estadísticas es que los visitantes de los museos son turistas, no autóctonos. Ni en Madrid, ni en ninguna capital de provincia. Tampoco en ninguna capital europea. 

Hace mucho tiempo que para triunfar no hace falta ir a Madrid. Sobre todo para triunfar como lo entiende Capote, como lo entiende un caracol. Ni a Madrid ni a Barcelona, por supuesto. Basta con viajar en el Metro de cualquiera de estas dos ciudades para darte cuenta de la insatisfacción de sus habitantes. Sus caras están llenas de tristeza. Caminar por sus calles (o meterse en un taxi) es un ejercicio insano.

Hace tiempo que las dos ciudades (como el resto de las capitales europeas) han sido tomadas por el turista de bermudas y chanclas. El centro (donde tuvimos la suerte de vivir antes de todo esto) ha sido expropiado a sus ciudadanos y convertido en un decorado de cartón piedra.

Las ciudades han pasado de significar a representar.

Según Capote escribió en 1946, esto no es nada nuevo:

Brooklyn Heights se me antoja el más auténtico, el menos artificioso y desde luego el menos explotado. Es evidente que está condenado a desaparecer; en la actualidad ya lo atraviesa un túnel y está proyectada una autopista; máquinas con dentaduras de acero devoran poco a poco sus empalizadas, muchas de sus viejas mansiones aguardan la llegada de los piquetes de demolición en la oscuridad indiferente; estridentes carteles rojos que advierten <<Peligro! Obras en curso>> parpadean en las austeras sombras de las callejas dickensianas: Cranberry, Pineapple, Willow, Middagh. El polvo de la piedra dinamitada suspendido en el aire proclama su sentencia.

Así que, disfrutemos.


Recomendaciones de la semana:

  • Color local de Truman Capote es un libro ligero, ameno y entretenido. Viajarás en el tiempo y en el espacio a las ciudades donde Capote vivió, conocerás a los personajes pintorescos que él frecuentaba. O eso dice. Imprescindible para fanáticos y lenguas viperinas.

  • El mapa de la densidad de población en España lo he obtenido de aquí. El boletín de EOM es una forma muy recomendable de informarte sobre cómo funciona el mundo sin salir de casa.