Depresión

Un carrusel y otras cosas brillantes

La canción King Kong de Babe Ruth tiene una parte central que siempre me obliga a escucharla.  Es el tercer tema de la lista de canciones que escucho para Pequeño frío corazón y siempre me detengo a saborear ese momento en el que la guitarra, el piano y la batería lo llenan todo. Luego llega la descompresión y puedo seguir escribiendo o tachando, que es lo que he estado haciendo los últimos días.

Vimos un monólogo en HBO, Todas las cosas brillantes, que merece la pena recordar. La sinopsis dice “Un hijo crea una lista de cosas por las que vale la pena vivir, en un intento desesperado por animar a su madre con depresión crónica”. Dura una hora y un minuto. Hay muchas cosas por las que merece la pena vivir. Hice una lista mientras contemplaba el limonero y luego decidí no escribirla. Sólo recuerdo la primera: el color de los helechos mojados. Acababa de regar mi rincón. El verde húmedo, ese color que parece que se va a salir de la hoja, es un color que me alegra. Mi sabor preferido, me vuelvo hasta egoísta: el sabor de la aceituna negra natural de Aragón, que no sé si es natural ni si es de Aragón, pero es lo que pone en la etiqueta del tarro de aceitunas que compramos en el Mercadona. Y yo, tan feliz.

El personaje del monólogo teatral, interpretado por Jonny Donahoe, cuenta que su madre intentó suicidarse cuando él era un niño y se le ocurrió esta idea: hacer una lista. ¿Será verdad?, nos preguntamos. ¿Por qué nos importa tanto que la ficción esté basada en hechos reales? Nos pareció una apuesta valiente, elegante y, aunque es un monólogo grabado en un pequeño teatro, tiene mucho ritmo. Interactúa con el público, incluso hay momentos musicales. Y habla de la depresión. Esa bestia.

Las autoridades temen el efecto llamada.

Y los medios callan mientras la sanidad pública está desbordada (ya lo estaba antes de la pandemia) por los casos de depresión (el 22% de los españoles). Muchas personas necesitan ayuda y no la tienen. La depresión es un tobogán por el que no puedes dejar de caer y del que es cada vez más difícil salir.

Y cuando todo esto acabe. Entonces.

Mi momento preferido para observar el jardín es a primeros de marzo, cuando las plantas empiezan a despertar. La mayoría lanza sus brotes verdes donde antes sólo había silencio. Las más descaradas y precoces, las margaritas, te sorprenden con alguna flor. Mención aparte para las margaritas africanas que, este año, ya se han llenado de flores. El resto, tímidas, como si se estuvieran desperezando muestran sus botones, los lanzan hacia la claridad. El sol ya no baila igual allí arriba.

Terminé de leer Carrusel de Berta Dávila. Brillante. Estás enganchadísima a La herencia de Carlota de Carlos Clavería Laguarda. Me lo has robado, literalmente. Lo llevas de la habitación al salón, al mediodía, y del salón a la habitación, por la noche. Así todo el fin de semana.

Dice la protagonista de Carrusel:

En mi familia a ir al psiquiatra le llamamos desde hace mucho tiempo ir al dermatólogo. Es la manera que ha inventado mi abuela Úrsula para afrontar el estigma en la conversación diaria. Las personas de mi familia tienen casi siempre problemas cutáneos.

Lo que no se nombra no existe.

La medicación no basta para luchar contra la depresión.

Depresión, bipolar, esquizofrenia, suicidio.

Palabras que restan megusta. Porque dan miedo.

Pero este es un texto sincero, escribo lo que se me pasa por la cabeza que no es lo mismo que lo que pienso. Eso llega después.

Tengo tantos fragmentos subrayados de Carrusel que si copio todos aquí, Dávila me podría acusar de plagio. Estoy a punto de escribirla, a ella o a los editores, para preguntarle si es autoficción. Pero luego pienso ¿para qué? La respuesta afirmativa sólo alimentaría el morbo. Basado en hechos reales. Y ni Dávila ni Barrett juegan a eso. Se me ocurren varias editoriales que sí. Hace tiempo que dejé de recibir sus novedades. Estoy cansado de esa estrategia de marketing que vende cada libro como el libro definitivo, cada autor como imprescindible. Me mantengo al margen cuando un editor vende su propio producto como “la mejor novela que se ha publicado nunca”. Los fenómenos editoriales, lo libros virales y las novelas del año suelen ser frases hechas por sus amigos periodistas, libros que se desmoronan tras el artificio de una prosa, a veces, rica en vocabulario y pretenciosa, casi siempre, con altas dosis de testosterona oculta o implícita. Entre compinches anda el juego.

Y no sigo porque me estoy cabreando, alargando demasiado esta digresión y, por tanto, alejándome del libro del que yo quería escribir.

Mi otra compañera de cuarto tiene un neceser de aseo formado por pequeñas teselas. Me veo fragmentada en los espejos de plástico diminutos que componen la tapa y me pregunto si mi identidad es también una suma de fragmentos, si todas las identidades lo son y, si fuera así, si existe un espejo idóneo en el que debería mirarme para que me devuelva una imagen de mí misma que me resulte más fácil de aceptar que la que yo tengo dentro, por detrás de los ojos.

Despacio, así es como avanza este Carrusel. Despacio. Pero sin interrupciones. Es un libro que no debe leerse a sorbos. Como mínimo, mi recomendación, por capítulos. Del cero al nueve. Así puedes sumergirte en su prosa. Una prosa meticulosa, experta, capaz de llevarte y traerte. Sin la excusa de la trama, Dávila teje con un hilo “capaz de improvisar remiendos impensables sobre la más irregular de las fracturas” que me obliga a estar “siempre alerta, preparándome para un combate que aún no sé si voy a tener que librar o no”. En estos tiempos de autobiografía, fútil y anodina, sentimentaloide a lo Mr. Wonderful, donde muchas personas creen que la experiencia les otorga capacidad para escribir bien, Dávila, a sus treinta y tres años, se desmarca con un libro de una belleza sin alardes que brilla, un brindis por todas las cosas brillantes, para hablarnos de un tema tabú, la depresión, una enfermedad mental que afecta a una de cada cinco personas en el mundo, a través de la historia de una escritora bloqueada.

Una escritora que no escribe nunca es una tierra estéril. Una escritora que no escribe se parece a la mujer que observa un campo de maíz seco, resignada a ver cómo todo se pudre después de las primeras lluvias de octubre. Aunque no haya nada que recoger, las dos saben que es necesario segar igualmente.

El tema que ha elegido Dávila le restará lectores, presencia en medios, portadas de suplementos. ¿A quién le importa? Carrusel es un libro bello, valiente, un libro de los que “no podemos evitar escribir”, un libro para los que creemos que la literatura es “un camino para perseguir la luz y la respiración, una búsqueda”. Un libro del que hay que hablar. Un libro que hay que leer. Para estar al otro lado. Donde alguna vez ya hemos estado.

Te entrego el borrador de este texto cuando vuelves de trabajar. He leído, te digo, que los juegos preliminares entre las libélulas pueden durar hasta 23 minutos. Te lo cuento, como el que no quiere la cosa, mientras abrimos una botella de champán que tú has comprado en oferta. Suena Blue moon de Billie Holiday.


Recomendaciones de la semana

  • Una novela como Carrusel se merece una banda sonora como, por ejemplo, el Requiem de Mozart. La propia Dávila lo menciona en la novela. He encontrado aquí la grabación de un concierto completo donde lo van explicando con subtítulos. En el libro también aparecen River de Joni Mitchell, The beast in me de Johnny Cash y Blue moon de Billie Holiday. Nada es casualidad en un artefacto. O sí. King Kong de Babe Ruth y su parte central son solo responsabilidad mía.

  • La primera imagen es una ilustración de Fernando Vicente para el libro Alicia a través del espejo de Lewis Carrol editado por Nórdica Libros. La segunda parte de Alicia en el país de las maravillas. Soy muy fan de Alicia y por eso es imprescindible en mi librería.

  • El monólogo teatral se titula Todas las cosas brillantes, está escrito por Duncan Macmillan, y puedes verlo en HBO.

  • El libro que me ha robado Lau y del que hablaré más adelante es La herencia de Carlota de Carlos Clavería Laguarda.

  • El libro del que he extraído los fragmentos, las citas y la inspiración para este artefacto es Carrusel de Berta Dávila. Si lo lees, me cuentas. También lo tienes disponible en gallego, su idioma original, aquí.

  • Y la imagen de las libélulas copulando la he tomado prestada de un artículo de Naturaleza cantábrica. Si te interesa el tema puedes leerlo completo aquí.