Desconexión

Nuestras acciones nos definen

Me llamó Dani y estuvimos hablando un buen rato. Me dijo que había leído los últimos artefactos (no me atreví a preguntarle qué le parecían) y me preguntó si iba en serio con lo de quitar la wifi. ¿Por qué? 

Los artefactos son verdad, le dije. 

Intenté explicarme, pero creo que no lo conseguí. Nunca lo consigo. Una cosa es lo que pienso y otra lo que digo. Aquí, por escrito, puedo ser más claro, conciso. Escribir me ayuda a reflexionar. Hay una distancia insalvable entre la idea y su representación verbal. Siento que a veces no puedo explicar lo que siento, que una acción vale más que mil palabras, por muy fútil que sea el gesto, aunque nadie se percate de que lo he hecho, merece la pena. Por mi. Que yo me desconecte no va a cambiar nada. Lo sé. No voy a salvar el mundo (lo sé); voy a salvar mi conciencia. ¿Cómo explicar esto en voz alta? ¿Y no parecer un predicador?

Entrevistadora: Entonces, ¿la expresión escrita es muy distinta de la expresión oral?

Marguerite Duras: Véalo usted misma. La escritura viene de otra parte, de otra región que no es la de la palabra oral. Es la palabra de otra persona que no habla. Sin embargo, me ocurre también, que usurpo el silencio de la palabra escrita y no me puedo detener, lo cual es siempre un poco inquietante. Después estoy muy mal, triste. Esta palabra se dirige a una sola persona, que nunca he visto, que no conozco, y que conozco, y que lee. Se trata de una experiencia particular muy difícil de comprender.

O como dice Smith en Invierno:

Algo que no puede expresar con palabras.

Eso suena mal; ¿veis lo que ocurre con las palabras? No se refiere a eso. Lo que quiere decir es que las palabras minimizan lo que es, o lo vuelven algo que no es.

Te asomas con el rodillo en la mano (estás pintando la verja del patio) y, mediante gestos, me haces entender que la videollamada con Dani no sería posible sin wifi. Se lo digo a él. Lo reconozco. 

¿Cuántos datos pondrías?, pregunta mi hermano. 

Sabe que he hecho un estudio de mercado, que no hablo por hablar. Le doy mi mejor opción. Parece convencido. Asiente, pero no dice nada. Aunque para los meses de julio y agosto cogería pocos datos, digo. Se trata de saber lo que necesito. Ser más selectivo, repito. Siempre me dices que repito mucho las frases. Sé que a veces te molesta e intento no hacerlo, pero es eso lo que quiero decir, saber lo que necesito, esas son las palabras exactas, siento que no necesito adornar el discurso. Hablamos demasiado. Escribimos demasiado. Hacemos demasiadas películas y se produce demasiada música. Vivimos en opulencia de datos. Cantidad sobre calidad. ¿Qué importa si veo esa película o leo ese libro el año próximo? Nada. Es la oligarquía del megusta, del swipe y del scroll (anglicismos feos y malsonantes). Deslizar, hermosa palabra. Galocha, otra. La economía de la atención. Ahora, dicen, cualquiera puede crear contenido. Otra fea palabra. El objetivo de ese contenido es entretener. Vídeos, fotos, tweets a los que dedicar cinco segundos, en el mejor de los casos. No quiero participar en esa pantomima. Quiero mostrar que existe una alternativa. Soy un colibrí. ¿Recuerdas el cuento del colibrí?, ¿quieres que vuelva a contártelo?

Quiero sentirme orgulloso de este texto, que vuelvas a leerlo, que necesites, algún día, volver a la siguiente frase:

Lo importante no necesita palabras. Basta una mirada.

Aquí tienes otra:

Sí, tengo algo importante que decirte: quiero estar contigo. En silencio.

Dani y Elvira, al otro lado de la pantalla, te dan la enhorabuena porque has firmado un nuevo contrato, indefinido. No puedo evitar reírme, para mis adentros, del chiste polisémico. Contrato indefinido. No me atrevo a decirlo en voz alta. Demasiado malo. Mario entra en acción: ¿Dónde están los dinosaurios? No deja de jugar con los Lego y mira con la cabeza gacha. Tío Pedro, ¿dónde están los dinosaurios? Le enseño el velociraptor que tengo en la maceta de la entrada, agazapado.  Como el guardián de un mundo que ha dejado de existir. Alicia también quiere verlo. Su sonrisa, sin incisivos superiores, llena la pantalla. Preguntas si ya han empezado a salirle. Elvira responde que no. Nada, dice. Alicia tiene el pelo largo, muy largo. En la pantalla se ve color castaño, con reflejos dorados.

Empezamos a ver una serie, Sweet Tooth. Es la versión amable, para toda la familia de La carretera de Cormac McCarthy. Desconozco el cómic en el que está basada. Solo conozco esta versión edulcorada made in Netflix. Un padre que da la vida por su hijo y un hijo, mitad humano mitad ciervo, que lucha para encontrar a su madre. Hay un virus, un mundo posapocalíptico y una amistad. La versión cinematográfica de La carretera está protagonizada por Viggo Mortensen

(Otra vez escribo sobre Mortensen interpretando el papel de un padre. Me lo tengo que mirar.)

En un mundo ideal, tendría tiempo para jugar a The last of us.

En el mundo real, dejo Sweet tooth en el cuarto capítulo. Demasiado blanda. Almibarada. Versión Warner Brothers del fin del mundo. No pienso terminarla para saber si se merece la puntuación de 8.1 que tiene en IMDB. Otro motivo para darnos de baja en Netflix. Vemos, en RTVE a la carta, un documental sobre los seis inmigrantes chinos que sobrevivieron al naufragio del Titanic. A pesar del título, El último secreto del Titanic (no debería detenerme a comentar, otra vez, lo inapropiado de incluir la palabra “secreto” en un título y, mucho menos, remarcarlo como “el último”), y de mi animadversión a James Cameron, que aparece en el documental, decidimos darle una oportunidad. 

Cuando escuchas la música de los créditos finales, abres los ojos y me preguntas ¿Qué tal? Muy interesante. Te recomiendo que lo veas. Racismo, discriminación. No sabía que a principios del siglo XX las políticas antiinmigración de EE. UU. y Reino Unido eran tan agresivas.

Hacía ya mucho tiempo que Sophia no sentía nada. Refugiados en el mar. Niños en ambulancias. Hombres ensangrentados corriendo a hospitales o alejándose de hospitales en llamas, con niños ensangrentados en los brazos. Personas muertas, cubiertas de polvo en las cunetas. Atrocidades. Personas golpeadas y torturadas en celdas.

Nada.

Tampoco con los horrores cotidianos, las personas corrientes que deambulaban por las calles de su país natal y que parecían empobrecidas, dickensianas, como espectros de la indigencia de ciento cincuenta años atrás.

Nada.

El libro de Smith tarda en engancharme. Reconozco que si no fuera tan fan (muy fan), lo habría dejado antes de la página 35. Entonces, no sabría la verdad. No sabría para qué sirve la Navidad. Tampoco sabría el origen de la canción Carry Greenham Home de Peggy Seeger, ni que los sueños convierten los poderes fácticos en flores fatídicas. Smith se inventa, también, una nueva forma de decir Aquí y ahora: Yo soy hoy.

Soy un dinosaurio agazapado en una maceta.

El lunes, mi operadora de telefonía me escribe mensajes de amor. 

Para proseguir con tu portabilidad ponte en contacto con nosotros. Llama gratis al 224472.

El mismo día, menos de dos horas después:

Dudas con tu portabilidad? Llamanos urgentemente al 224472 para garantizar tu proceso y asegurar la correcta devolución de equipos alquilados.

Mi operadora de telefonía me escribe mensajes de amor con errores ortográficos.

Por la tarde, después de las clases online, hablo con Juan. Hace mucho que no lo hacemos. Salgo a caminar y hablamos del algoritmo. Del algoritmo de mi báscula (con el que no salgo beneficiado), del algoritmo de Netflix (lo pesado que es, como prioriza sus contenidos sobre tus gustos) y del algoritmo de Spotify (está amañado. Si un grupo quiere estar en una lista de reproducción, tiene que pagar). 

Son los nuevos 40 principales, dice.

Nunca más volveré a hacer clic en una de sus listas de reproducción, pienso. 

¿Va en serio lo de quedarte sin wifi?, dice. 

Ahora más, contesto. 

Camino por la playa. Las olas llegan justo hasta mis pies. Son casi las diez de la noche, el sol ya se ha puesto, pero todavía hay luz. Luscofusco. Emprendo el camino a casa. 

Yo también lo haría, dice al otro lado del teléfono. Pero creo que tendría que irme a vivir al campo. A Cobos. 

Yo me iba contigo, le interrumpo. A una casa prefabricada en la parte de arriba, donde tienen las tiendas de campaña. Sabe perfectamente a lo que me refiero. Él también ha estado mirando casas prefabricadas. Montamos una comuna, digo. Sé que es improbable, muy improbable: para ti el invierno de Cobos es demasiado frío, pero dejo que la fantasía crezca. Juan no es muy de comunas. O era. No sé si yo lo soy. O era. Vamos viejos, dice Juan. Ese comentario es superviejuno. ¿El qué? Lo de no salir. Quedarte en casa con los amigos. ¿Envejecen los roqueros igual que los poetas?, pienso. Recuerdo una tarde noche en El siglo. Es cierto: éramos más jóvenes e insensatos. ¿Has visto lo último de Albert Plá? Se titula Todo es mentira. Me ha plagiado, bromeo. Mándale un abogado, ríe. Qué bueno es el cabrón. No me queda claro si lo ha escuchado o no. A los dos nos gusta su irreverencia más que sus arreglos musicales, sus verdades a la cara más que la calidad de su voz. En realidad, lo que yo creo que es “lo último de Albert Plá” es una canción que Spotify ha incluido en mi lista Descubrimiento semanal y pertenece a un álbum de 2011, Somiatruites, que grabó con Pascal Comelade.

Traduzco en internet la palabra “Somiatruites”: soñadores.

8.755 pasos después, eso dice la pulsera de actividad que he heredado de Elvira, colgamos.

El miércoles me paso toda la mañana leyendo Invierno de Ali Smith y, cuando chequeo el teléfono, descubro que está sin servicio. Sin red. Compruebo que no he recibido ningún SMS de mi nueva operadora notificándome el día y la hora en la que estará lista mi portabilidad. ¿Mi nueva operadora se ha olvidado de mí?, ¿tan pronto? ¿Mi actual operadora se ha puesto tan celosa que ha decidido dejarme sin conexión? ¿Cuántas llamadas decisivas, ofertas de trabajo definitivas, me habré perdido? Sigo teniendo wifi así que puedo recibir mensajes, incluso videollamadas. De hecho, tengo un mensaje tuyo: La lavadora se me olvidó! Ya la ponemos mañana.

Sí, lo he visto. La lavadora con la boca abierta y, en sus fauces, el detergente, la ropa. He pensado que habías cambiado de idea. Quizá el sueño… Hoy, que “las tarifas reguladas de la luz registran nuevos máximos y alcanzan precios de hasta 0,25574 euros el kilovatio hora”, no has puesto la lavadora, pero has puesto la panificadora. Terminará sobre las once. Consumirá tres horas punta. Las compañías eléctricas también pertenecen a ese grupo de usureros que dominan el mundo. No quiero desviarme.

 ¿Lloran las incultas compañías telefónicas por sus clientes perdidos? Perdidos, otra palabra polisémica. Perdidos, que se ha salido de su ruta y no sabe llegar a su destino, en el limbo del Servicio Universal de Telecomunicaciones Móviles de cuarta generación. LTE. Perdidos, participio del verbo perder, derrotados por un sistema donde las multinacionales se han impuesto a los gobiernos (estatales/comunitarios) y son capaces de modificar las leyes cuando estas existen y van contra sus beneficios. Multinacionales que convierten los derechos humanos en mercancía. Estados que no velan por los derechos económicos, sociales y culturales de sus ciudadanos. Ciudadanos que especulan (su tiempo, su dinero) con el único objetivo de aumentar su capital. A ninguno parece importarle las consecuencias de sus acciones. Para con los demás. Consigo mismo.

En 1886, Tolstói escribió un relato titulado “¿Cuánta tierra necesita un hombre?”. No hemos aprendido nada.

Termino de escribir este párrafo e introduzco la SIM de mi nuevo operador en el móvil. Lo enciendo. Recibo tres mensajes en cascada. El primero para informarme de que he activado mi contestador. El segundo, para darme la bienvenida.

Tu linea ya esta con nosotros :) Usala para todo lo que te hace feliz. Si tienes dudas, te ayudamos en el 121. ¡Gracias!

Mi nueva operadora también tiene problemas con las tildes. Aunque me consuela que utilice el signo de apertura en la exclamación.

El tercer mensaje me deja perplejo. Tengo un mensaje, en mi buzón de voz, de Santiago García Clairac.

Por la tarde, me besas antes de marcharte a trabajar. Me quedó en la tumbona, en el patio, con Invierno. Regresas y sigo ahí. En la misma postura, dices. Telma, a mi lado. Dejo las últimas veinte páginas para otro momento, cuando pueda terminar de leerlas y ponerme a escribir lo que sienta. Repasar mis notas, dotarlas de un mínimo de coherencia y añadirlas a este artefacto, sincero, tan sincero que puede resultar incómodo: admiro la escritura de Smith. Excepto cuando se pone posmoderna. Admiro que pueda ponerse posmoderna y seguir siendo reivindicativa.

El típico cuento antisistema de Iris, dice.

Iris ríe con ligereza.

Ni siquiera tú, Soph, con toda tu sabiduría, toda tu visión para los negocios y toda tu inteligencia natural, puedes hacer que algo no sea verdad declarando simplemente que no es verdad.

Nuca pararás, ¿verdad, está diciendo su madre. (Pero lo dice con cariño.) Estarás dale que te pego toda tu vida, intentando destruir lo indestructible. Sé sincera. ¿Nunca te cansas? Sabes que es inútil. Tu vida. Una obra de incesante futilidad.

Ahora que soy mucho mayor, sabia y agarrotada, me he vuelto mucho menos ambiciosa, dice Iris. Últimamente, ya que nos estamos sincerando, veo esos carteles que dicen no pasar, prohibido el paso, cámaras de seguridad, y pienso que me conformaría con ser un poco de musgo bajo el sol y la lluvia y el paso del tiempo, feliz de no ser más que el musgo que cubre la superficie de esos carteles y verdea sus palabras.

Bajamos a la playa. Camino. Me baño. Tú prefieres quedarte en el pareo. Esta mañana te han puesto la primera dosis de la vacuna. Hasta el momento, sin efectos secundarios. Cuando regreso, estás leyendo Llévame a casa de Jesús Carrasco. Tengo muchas ganas de que la termines para comentarla. Me haces un hueco en el pareo, me tumbo a tu lado con cuidado de no mojarte. Coqueteamos.

El viernes, después de desayunar juntos, descansado, vuelvo a la lectura de Invierno. Las páginas más bellas de esta novela tienen que ver con una flor. Una flor atrapada en un libro, Cimbelino, y también con el sacrificio de Laika, la perra que los rusos enviaron al espacio como un acto publicitario. Sólo sufrió siete horas. No me sirve de consuelo: creo que Laika hubiese preferido continuar con su vida de perra callejera en lugar de pasar a la posteridad por ser el primer ser vivo que orbitó alrededor de la Tierra. Y todavía me quedan páginas de Invierno para descubrir que Chaplin odiaba la Navidad. Y que murió precisamente el día de Navidad. Su broma final. Y, para el final, Smith se reserva una bella historia de amor. De personas que se vuelven a encontrar. Sin internet.

Todavía no lo he asimilado, cuando suena mi teléfono. Eres tú. Me llamas desde el supermercado.

¿Calcetines cortos o largos?, preguntas. 

Cortos, respondo. 

Feliz, te escucho feliz.


Recomendaciones de la semana

  • Es fácil adivinar que esta semana voy a recomendarte Invierno de Ali Smith. Como te he contado, tardé en entrar en el libro, pero mereció la pena. Vaya, si mereció la pena. Aprovecho para recomendarte también ¿Cuánta tierra necesita un hombre? de León Tolstói. Si no lo tienes, te recomiendo la edición ilustrada de Nórdica libros. Si no quieres comprarlo, pero te interesa, puedes leerlo gratis aquí.

  • Si no has leído La carretera de Cormac McCarthy, deberías hacerlo. La adaptación cinematográfica no la considero apta para toda la familia.

  • Si eres mayor de 18 años y te gustan los videojuegos, te recomiendo The last of us. Hace mucho que no juego una partida, pero tengo un buen recuerdo.

  • El documental de investigación El último secreto del Titanic lo puedes encontrar en RTVE a la carta. La serie mencionada en el artefacto es la primera NO recomendación que hago. Si la has visto completa y crees que merece que le dé una oportunidad, por favor, escríbeme para decírmelo.

  • Para escuchar: Todo es mentira, la canción de Albert Plá, y Carry Greenham Home de Peggy Seeger.

  • Termino este artefacto de hoy, extralargo, con un vídeo de la misma Peggy Seeger, en enero de 2021, celebrando “El tratado de prohibición de las armas nucleares”. Una batalla que un grupo de mujeres galesas comenzó en septiembre de 1981.