Eternidad

La eternidad del instante

Al artefacto de la semana anterior le falta una cita de “El Sur” de Jorge Luis Borges.

En el hall de la estación advirtió que faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato, dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la actualidad, en la eternidad del instante.

Quiero (ser gato y) saborear la eternidad del instante. ¿Podría servir, la eternidad del instante, como definición para ese momento en el que la escritura se dispara?, ¿podría? También, para esos instantes en los que me siento consciente. Combinemos ambas: llegar a la consciencia, la eternidad del instante, por la escritura. Atrapar el momento. Lo contrario a mirar el mar. Quiero mirar el mar. También.

He empezado a correr. Solo. Otra vez. Hice cuatro kilómetros desde el Hostal hasta el final de la senda y luego hasta donde ponen La negra. Junto al mar. Mientras estiraba en la barandilla del paseo, una madre dejaba a su hija en la guardería. La niña empezó a llorar en cuanto se separó de la madre. La puerta de la guardería se cerró y la madre se dirigió a su coche. Parecía acostumbrada a la situación. ¿Liberada? ¿Por qué relacionamos maternidad con abnegación? Ajenas, dos gaviotas se precipitaron contra el mar. Primero una y luego la otra. Terminé de estirar (rápido, mal, no como tú me has enseñado) y caminé hasta la orilla. Debajo del pantalón, llevaba el bañador. Por si acaso. Una de las gaviotas seguía en el agua, movía sus alas y salpicaba, allí en el fondo, alegre. Quise ser gaviota. No me atreví. Aunque el sol calentaba, soplaba un viento del oeste, frío, desagradable, perpendicular a la dirección de las olas. Eso seguro que quiere decir algo, pensé. Hay alguien que, con esta información, puede predecir el tiempo. Disfruté unos minutos más del sol de las nueve de la mañana y volví a casa, sin prisa. Todavía me detuve a contemplar una bandada de gaviotas que planeaba sobre la urbanización. Había cientos de puntos blancos jugando con el viento.

Desde que se fue Ángel, el domingo por la tarde, he estado pensando sobre algo que comentamos. Eso ya lo escribí antes, esto ya lo he contado.

El arte es ajeno a la respuesta que provoca y también tiene que serlo el artista. Un artista no espera nada a cambio, eructa y no busca recompensa material ni humana porque el artista lo hace por su propia satisfacción. Es un egocéntrico, un onanista que no busca el placer del prójimo ni su iluminación. Si acaso hay alguna búsqueda (y no como dijo Becket todo es espera), el artista busca la respuesta a una pregunta que muchas veces desconoce.

Artistas, seres prescindibles, inútiles.

Poetas, borrachos, locos que sólo saben jugar con las palabras hasta que pierden su significado. Fuegos artificiales que no iluminan porque, dirán, en la poesía no hay que entender nada, hay que sentir y este sentimiento desaparece como una pompa de jabón. No podemos utilizarlo para nada más. La palabra explota en el cielo de nuestro paladar. Y ya. Sólo el placer de estar ahí en ese momento, a la espera de que nada y todo suceda, saltando de una línea a la siguiente y al precipicio de la próxima página.

Nada más.

Pero yo, que no soy Bernard Madoff, que, como tú, habría actuado del mismo modo, no estoy en este mundo para jugar con las palabras. Llego a casa por la noche demasiado cansado como para complicarme la vida con películas profundas o series en versión original, libros enrevesados que parecen estar escritos con un bolígrafo de esos que tienen cuatro colores: rojo, azul, verde y negro.

Rojo para las digresiones, azul para las citas, verde para las intervenciones del autor y tinta negra para la historia en sí, una trama mínima escrita por un tipo ocioso que lo único que sabe hacer es poner una palabra detrás de otra y sólo por esto ya se cree capaz de argumentar pensamientos complejos con los que pretende complicarnos la vida, cuando nosotros lo que queremos es vivir y que nos dejen en paz. De acuerdo, todo es una mierda, pero yo no voy a cambiarlo, bastante tengo con el día a día, con lo mío, con esforzarme en ser el mejor en todo lo que hago. En todo. Y esa ambición me ha traído hasta aquí,

ahora

donde puedo decirte:

No tengo por qué preocuparme: cuando todo esto se sepa, estaré muerto.

Y los muertos no pagan facturas.

Ese es el único final.

Lo escribí en Todo es mentira, hace más de siete años. Pero esto te va a gustar todavía más: mientras lo buscaba, he encontrado la presentación que escribí para Luis Goytisolo el 28 de octubre de 2013. ¿Sabes cómo la titulé? “Soy un dinosaurio”. Y venía a decir lo mismo que en el artefacto del pasado 29 de octubre (si lo hago adrede, no me sale). Escribo en círculos. Vuelvo sobre la misma idea de diferente forma. Prometo ser más indulgente, la próxima vez, con Paul Auster, el marido de Siri Hustvedt.

…para cuando me oigas decirte lo que te estoy diciendo tú ya no estarás en tu cuarto de trabajo sino allí. Porque para oírme tú no necesitas que yo te esté hablando, porque tú puedes oírme sin que yo te hable, y cuando tú oigas estas palabras estarás ya en pleno vuelo. Tu vida es una historia escrita por otro y, cuando las palabras se acaban, es el final.

Sería fácil (oportuno) terminar aquí. Pero me he leído otros dos libros esta semana. Soy el único espectador de este diálogo, estos instantes que brillan en la prisa del lunes al jueves, cuando tú me dices al oído, en el sofá, quiero que este momento no se acabe y yo te digo que también y añado (en la versión real) que ese momento tiene que terminar para que podamos tener el siguiente, sin la interrupción de ese instante, no hay futuro y aquí ya empiezo a soltarme de la realidad para volar entre libros y pensamientos en la eternidad del instante que saboreo al recrear ese momento en estas palabras, con estas lineas, a través de las lecturas de los libros que no escribiré.

Cuando abro la puerta de la casa del bosque, sabiendo que ella está al otro lado, se paraliza el tiempo, es como entrar en un agujero de gusano, es el momento en que mi mano toca el pomo de la puerta, y descarga su fuerza hacia abajo, y el resorte de la cerradura cede, y tiro de la puerta hacia mí, con un miedo atroz, con un miedo universal, lleno de fuego, antorchas en los ojos, garras de acero en el corazón, que sangra y chilla y canta, porque sé que al otro lado está ella.

Ella, ese misterio, más allá de que sea un cuerpo y un alma, más allá de que sea una mujer.

Ella está allí, y mi mano abre la puerta y quisiera en realidad que esa puerta no se abriera nunca, quisiera vivir solo en la espera, en el conocimiento de que puedo abrir la puerta, sí, pero también en el hecho de que el momento de abrir la puerta se dilata en vastas cantidades de tiempo, en meses, en años, en siglos; estamos siglos uno al lado del otro, pero sin vernos, porque en el medio está la puerta.

Tres mil años uno al lado del otro, pero con una puerta en medio que impide que nos amemos.

Envejeciendo a cada lado de la puerta.

Y la puerta se va haciendo santa.

La santidad de las puertas.

¿Entiendes ahora por qué prefiero vivir en las novelas? ¿Por qué prefiero su magia a la insignificancia del ir y venir cotidiano? No, no es que prefiera la ficción a la realidad, es que me niego a pasar por la vida en piloto automático, me niego a aceptar el sinsentido de sus días y sus noches, uno detrás del siguiente con el único objetivo de llegar a final de mes, salir a comer a un restaurante, viajar a un lugar del que no conocerás su esencia. Esto, hace tiempo, se lo dejamos a los otros. Estos placeres (si es que lo son) no son nada comparados con

  1. trabajar juntos en nuestro jardín

  2. el sabor de nuestras naranjas

  3. la emoción que sentimos cuando vemos un pájaro (todavía no sabemos qué especie, ¿importa? Para nosotros será siempre un gorrión orondo) caminando a saltos por nuestro jardín, aupándose a una maceta, rebuscando con su pico entre los tréboles y lanzando aquí y allá fragmentos de sustrato

  4. algo tan prosaico como recoger, limpiar y ordenar nuestra casa, como colofón, encender un incienso y

  5. tumbarnos en el sillón a leer un rato, sentir tus pies contra mi muslo, tu mirada por encima de la página.

Yo (también) quiero vivir en ese instante.

No existen palabras, simplemente son los besos, esas luces intensas en el camino de la vida, esas luces cegadoras tras de las cuales está otro ser humano esperándote en un acto de eternidad consentida por la muerte.

Eso son los besos.

Al fin sé qué son los besos.

Entre palabras y besos. Una historia de amor, como en los libros, suspendida en el tiempo.

Dice Vilas:

Lo mismo ocurre con las historias de amor: si comienzas con un beso, hay que saber cómo terminan.

Las historias de amor son como los libros, comienzan y terminan.

Responde Goytisolo:

La vida transcurre como la lectura de un libro, dijo W; con la diferencia de que el libro subsiste y será leído por otros.

Quiero leerte. Y contarte lo que he leído.

Y ahora podría (debería) terminar este artefacto con otra cita que cerrase el círculo:

El tiempo no existe, el tiempo es voluntad de los seres humanos, de ahí nuestro sufrimiento como especie. Entonces en vez del tiempo lo que contemplas es esa voluntad, y esa voluntad sin tiempo es dolor. Mejor haríamos en no distinguir pasado, presente y futuro como hacen los leones, las ballenas, los lobos, los elefantes, las hormigas o los árboles.

Y los gatos, Vilas. Y los gatos.


Recomendaciones de la semana

  • Si eres suscriptor o mecenas y quieres leer la presentación completa que le hice a Luis Goytisolo en el Ágora de A Coruña, sólo tienes que escribirme. Me encantará enviártela.

  • El primer fragmento, el del cuento de Borges, lo puedes disfrutar en Ficciones de Jorge Luis Borges. Un libro para la eternidad. Borges llegó a decir que “El Sur” era su mejor cuento.

  • El mejor libro de Luis Goytisolo, un libro imprescindible en tu biblioteca, es Antagonía.

  • Otro de los libros que aparece citado en este artefacto es Los besos de Manuel Vilas. Admiro mucho la forma de escribir de este autor. Creo que es uno de los mejores poetas vivos en nuestro idioma. Puedes encontrar una recopilación de su poesía (1980-2018) aquí. El martes 23, a las 19 horas, lo diseccionaremos en el Club de lectura online de la Fundación Rafael Pérez Estrada. Si quieres participar, sólo tienes que escribirme.

  • La autocita pertenece a mi novela Todo es mentira. Lau sigue empeñada en que es mi mejor novela. ¿No habré aprendido nada desde entonces?

  • La novela más reciente de Siri Hustvedt es Recuerdos del futuro. Aquí la tienes, con su verbo afilado, en un vídeo de solo tres minutos.

  • Bonus track: El otro libro que he leído esta semana (pero que no aparece en este artefacto) es 84, Charing Cross Road de Helene Hanff, una novela epistolar deliciosa.