Mariposa

Desordenar las sombras

Tienes la guerra declarada a las orugas. No hemos terminado de comer y te lanzas sobre el geranio que hemos puesto sobre la mesa nueva. Me enseñas orgullosa un diminuto capullo, minúsculo, sin abrir.

El culo de una oruga, dices.

Efectivamente, hay un agujero y, a través de él, puede verse la parte posterior de la oruga, verde, casi fosforescente, preocupada solo en engordar. Tiras el capullo, con sentimiento de victoria, en el cubo de zinc donde amontonas los deshechos: flores marchitas, hojas secas, capullos que albergan orugas.

Hoy quiero contarte un cuento, pero no te lo voy a contar, voy a escribírtelo. Porque se me da mejor y porque este cuento (que Zapata llamaría “anécdota”, no hagas caso de este purismo literario) está pensado para ser leído. Es el último texto del libro La mariposa de Dinard y, fíjate si tendrá importancia, que da título al libro. El autor ganó el Premio Nobel de Literatura. En 1975. Pero ni a ti ni a mí eso nos importa. Tampoco es el primer Nobel que pasa por este diario. Montale, Eugenio Montale, así se llama el autor de La mariposa de Dinard, fue un poeta italiano. Dejémoslo ahí. El libro me ha gustado, pero no me ha emocionado. Aunque, como el mismo escribe:

Los hombres son un poco como los libros: leéis uno distraídamente, y no prevéis que acabará por dejar en vosotros una huella indeleble; digerís otro, con todo el celo posible, que tiene toda la apariencia de ser digno de la empresa, y, algunos meses después, os dais cuenta de que este esfuerzo ha sido peor que inútil. Pero, en un primer momento, en el primer encuentro, el resultado final, la pérdida o la ganancia, pende de un interrogante.

Una prosa precisa, exquisita. Algunos de sus textos (retratos de personajes, paisajes, situaciones, crónicas, apuntes de una realidad tan distinta a la mía) te dejan pensando en la novela que podría escribirse con ese argumento. ¿Por qué todo, experiencia y palabra, tiene que convertirse en una novela? ¿Por qué tengo esa absurda idea de que todo deberían ser novelas? Si fuera así, yo no habría conocido a doña Juanita, uno de mis textos favoritos.

Doña Juanita bajaba a la playa para bañarse, hacia mediodía, envuelta en un gran albornoz y protegida por un ancho sombrero de paja con barboquejo. Morena y escultural, no permitía miradas indiscretas, y cuando se desnudaba, en la única caseta que bahía, iba más vestida que antes. Falda, enaguas hasta los tobillos, guantes, calzado de cáñamo, gafas de sol, el sombrero sustituido por un turbante de color oscuro; todo un equipo que se hinchaba a flor de agua y hacía de ella no una bañista, sino una enorme medusa. No nadaba, se sentaba sobre el agua, flotando con mucha dignidad.

No puedo evitar imaginarte en ese papel. Morena y escultural. Digna. Pudorosa. Claro que yo te imagino con menos ropa y en nuestra playa favorita, apretados en un pareo bajo la sombrilla.

Pero yo quería hacerte el cuento de la mariposa.

No puedo evitar escribir esta palabra, mariposa, y acordarme de Rivas, su lengua de las mariposas. Suelo decir, en mis clases, que daría un brazo por uno de los destellos que aparecen en este cuento. Sí, lo sé, un cuento puede parecer algo pequeño, insignificante. Hay cuentos y cuentos. Destellos.

El hervor hacía bailar la tapa de la cacerola. De aquella boca mutante salían vaharadas de vapor y gargajos de espuma y verdura. Una mariposa nocturna revoloteaba por el techo alrededor de la bombilla que colgaba del cable trenzado. Mamá estaba enfurruñada como cada vez que tenía que planchar. La cara se le tensaba cuando marcaba la raya de las perneras. Pero ahora hablaba en un tono suave y algo triste, como si se refiriese a un desvalido.

—El demonio era un ángel, pero se hizo malo.

La mariposa chocó con la bombilla, que se bamboleó ligeramente y desordenó las sombras.

—Hoy el maestro ha dicho que las mariposas también tienen lengua, una lengua finita y muy larga, que llevan enrollada como el muelle de un reloj. Nos la va a enseñar con un aparato que le tienen que enviar de Madrid. ¿A que parece mentira eso de que las mariposas tengan lengua?

—Si él lo dice, es cierto. Hay muchas cosas que parecen mentira y son verdad. ¿Te ha gustado la escuela?

—Mucho. Y no pega. El maestro no pega.

Una mariposa que choca con una bombilla y desordena las sombras. Desordenar las sombras. Rivas no solo se ha fijado en este detalle; le ha encontrado el lugar perfecto dentro del cuento. Justo antes de que Pardal, el protagonista, le cuente a su madre, en esa cocina con “aroma amargo de nabiza”, que las mariposas tienen lengua. Se lo ha contado el maestro. Hay cosas que parecen mentira y son verdad. El maestro no pega.

Una palabra viene a mí al recordar este texto y su autor: bonhomía.

Ahora que he despertado tu interés, puedo, por fin, hacerte el cuento de la mariposa de Dinard.

Dinard es un pueblo que está en la bretaña francesa. Allí hay una plaza fría y ventosa, aunque es verano. Y en esa plaza había un café donde Montale asegura que una pequeña mariposa de color azafrán acudía cada día para encontrarse con él y le llevaba (eso le parecía) noticias de su amada (utilicemos el estereotipo heterosexual y confiemos en no ofender a nadie). Montale se pregunta “¿Paseo matutino, en suma, o mensaje secreto?”. Duda y, para resolver la duda, le ofrece a la camarera, junto a una buena propina (propina se dice pourboire en francés. Lo sé porque el autor utiliza la palabra en su idioma original y así, además de exquisito, suena sofisticado), su dirección en Italia para que le escriba 

un sí o un no: si la visitante había dado señales de vida después de mi partida o si ya no se había dejado ver. Esperé pues, que la pequeña mariposa se posara sobre un florero y, sacando un billete de cien, un pedacito de papel y un lápiz, llamé a la muchacha. En un francés más vacilante de lo habitual, balbuceando, expliqué el caso; no todo el caso, sino una parte. Yo era un entomólogo aficionado, quería saber si la mariposa volvería de nuevo, hasta cuándo podía aguantar con aquel frío. Después me callé, sudoroso y aterrado.

—¿Un papillon? ¿Un papillon jaune? —dijo la bella Filis poniendo unos ojos a lo Greuze—. ¿Sobre ese florero? Pues yo no veo nada. Mire mejor. Merci bien, monsieur.

Se embolsó el billete de cien y se alejó llevándose el café de filtro. Agaché la cabeza y cuando la levanté vi que sobre el florero de las dalias ya no estaba la mariposa.

Estoy deseando que llegues de trabajar para entregarte, impresa, la primera versión de este texto, para que hablemos de la bella Filis y ese tal Greuze que Montale ha colocado en nuestras vidas. También intentaré, otra vez, que nos vayamos (una temporada) a la Bretaña.

Todo por una oruga.

O mariposa.

Recomendaciones de la semana

  • La mariposa de Dinard de Eugenio Montale es un libro de los que me gusta tener en la mesa de la sala de estar, para leerlo poco a poco. Un texto, dos, cada sobremesa. Así dosificado, en unos dos meses habrás asimilado las experiencias y divagaciones, unas divertidas, otras amenas, de este poeta italiano que yo no conocía. No te dejes abrumar por sus citas o referencias. Son una puerta que Montale te abre, invitándote a conocer a la bella Filis o Greuze, el pintor de moralejas, por ejemplo. Un libro para leer con calma, entre novela y novela. O mientras.

  • El cuento “La lengua de las mariposas” de Manuel Rivas, en mi opinión, uno de los mejores que se han escrito en el siglo XX, está incluido en su libro ¿Qué me quieres, amor?. Un libro de cuentos, sí, de ternura y humor. Si lo lees, me encantaría saber si compartes mi opinión. Y si te interesa el tema de (voz rimbombante) “Los mejores cuentos del siglo XX”, dímelo, te enviaré encantado los que, en mi opinión, son los mejores cuentos, escritos en español, en el siglo XX.

  • La versión cinematográfica de “La lengua de las mariposas” la dirigió Jose Luis Cuerda a partir de un guión que firmaron él mismo, Rivas y Rafael Azcona. El papel del maestro Don Gregorio lo interpretó el inolvidable Fernando Fernán Gómez. La película está disponible en varias plataformas de streaming. Un plan perfecto para una tarde del fin de semana.

  • Rebuscando la fotografía del encuentro con Fernández Mallo y Rivas, he encontrado el vídeo que hizo Héctor Cerdeira. Si tienes 3 minutos 48 segundos, quizás te apetezca viajar al pasado, a enero de 2014, al Ágora de A Coruña, a los inicios de Libros en directo. Solo tienes que hacer clic.