Micelio

El día que decidí dejar Facebook

Podría escribir varios artefactos con todos los textos que he descartado hasta hoy. Los guardo para el siguiente, pero, cuando leo estos descartes, tengo la sensación de que han caducado, han perdido inmediatez. ¿Por qué nos seduce tanto lo inmediato?, ¿ha sido siempre así? La mayoría de la información que consumimos hoy, mañana estará obsoleta, ¿qué nos aporta entonces?

Los cisnes aparecen con frecuencia en la poesía del siglo XIX, en Baudelaire o en Mallarmé. Pero este poema de Yeats [podrás encontrarlo en el artículo original] no habría podido escribirse en el siglo XIX. Por su peculiar ritmo y por su melancolía pertenece al siglo XX e incluso al año en que se escribió.
Sucede también que un escritor del siglo XX se siente a veces apresado en su tiempo y que la lectura de los grandes novelistas del XIX -Balzac, Dickens, Tolstoi, Dostoievski- le infunde cierta nostalgia. En aquella época el tiempo fluía de forma más lenta que hoy, y esa lentitud estaba más a tono con el trabajo del novelista porque podía concentrar mejor la energía y la atención. Luego, el tiempo se aceleró y avanza a trompicones, lo que explica la diferencia entre los recios macizos novelísticos del pasado, con arquitectura de catedral, y las obras discontinuas y fragmentadas de hoy en día. Desde esa perspectiva, pertenezco a una generación intermedia y siento curiosidad por saber cómo las generaciones siguientes, que nacieron con Internet, móvil, correos electrónicos y tuits, expresarán mediante la literatura el mundo al que todos están permanentemente “conectados” y en el que las “redes sociales” menoscaban esa porción de intimidad y secreto que era aún, hasta hace poco, un bien que nos pertenecía, ese secreto que daba hondura a las personas y podía ser un gran tema novelesco. Pero no quiero dejar de ser optimista en lo referido al porvenir de la literatura y estoy convencido de que los escritores del futuro garantizarán el porvenir tal y como lo han venido haciendo todas las generaciones desde Homero.

Soy menos optimista que Patrick Modiano en su Discurso en la Academia Sueca. Tenemos un tiempo limitado y no voy a malgastarlo haciendo scroll por los contenidos que los algoritmos de Facebook o Instagram (cerré mi cuenta de Twitter el 23 de noviembre de 2020) decidan mostrarme. Es muy fácil caer en su juego, perder una tarde entera sin haber leído nada que merezca la pena. Hace poco leí una frase que me hizo despertar: “Lee menos tweets y más artículos. Lee menos artículos y más libros”.

El artículo (este sí merece la pena leerlo) empezaba con una frase de Ortega y Gasset: “Dime a qué prestas atención y te diré quien eres” y explicaba que la mayoría del contenido consumido en internet ha sido creado en las últimas veinticuatro horas. Tiene que ver con la dopamina, con nuestra tendencia a consumir novedades. Pero este chute de dopamina puede ser contraproducente, sobre todo para los que tenemos tendencias adictivas.

Otro factor importante, según este artículo, es que “para que algo se vuelva viral debe ser reducido a una cápsula accesible para el mínimo común denominador”. No creo que ningún artista desee eso para su obra. Al menos, yo no estoy dispuesto a hacerlo. Lo viral es “también insustancial y del montón”. Totalmente de acuerdo. Por eso es imprescindible aprender a filtrar la información que recibimos, por cualquier medio, pero sobre todo por internet. Y así el autor llega al efecto Lindy: cuanto más antiguo sea un contenido consumido en la actualidad, más probabilidades hay de que mantenga su vigencia en el futuro. Para el autor, como para mí, las redes sociales son una perdida de tiempo precisamente por eso: porque la mayoría del contenido que se publica no resistirá la prueba del tiempo. Es basura y, además, está sesgada por el algoritmo de la red social en cuestión.

¿Recuerdas que vimos un documental sobre hongos? Seguro que no. Lo dormiste casi entero. Se titula Fantastic Fungi, está dirigido por Louie Schwartzberg y escrito por Mark Monroe, pero el personaje que más me llamó la atención fue Paul Stamets. Stamets asegura que la internet natural de la Tierra es la red de micelios. Se flipan un poco, te dije nada más terminarlo, cuando abriste los ojos con la música de los créditos. Juraría que había escrito algo sobre este documental. Me había fascinado la sonoridad y el significado de la palabra “micelio”.

Los micelios, la parte “oculta” de los hongos, son colchones conformados por marañas de filamentos interconectados que se extienden cientos de kilómetros en el equivalente a un pie cuadrado, capaces de conectar los bosques del mundo con los nutrientes del suelo. Con un diseño similar al de las células nerviosas o cerebrales de los organismos complejos (también a Internet), los micelios regulan la comunicación entre el suelo, sus nutrientes y los bosques.

Filamentos interconectados que llegan a formar el organismo más grande del mundo.

Este micelio gigantesco tiene una extensión de 9,7 kilómetros cuadrados (971 hectáreas, o 2.400 acres), el equivalente a 1.665 campos de fútbol, y 2.200 años de edad (el hongo empezó a formarse cuando Cartago y la República de Roma acababan con la hegemonía de la Grecia Helenística en el Mediterráneo).

En el documental hablan de este micelio. Hay una recreación de cómo son estas criaturas que pueden llegar a ocupar casi todo el subsuelo del bosque. Vuelvo a verlo, pero no encuentro las notas que escribí. ¿Llegué a hacerlo? Si estuviéramos hablando de unas tijeras de podar o de un libro, podría echarte la culpa a ti. En este caso, no puedo. ¿Dónde van las notas que no escribimos? Con los besos que no damos.

Recordé esta palabra, micelio (es la última vez que la escribo, prometido), durante nuestra excursión por la Sierra de Mijas, desde la Cantera de los arenales hasta el Pico de la media luna, por un sendero entre pinos, algarrobos y cornicabras (me gustó mucho la explicación que dio José de sus agallas, no conocía esta acepción de la palabra).  Confirmado: sabemos reconocer el matagallo y el palmito. Mereció la pena madrugar el sábado. Te echaste la siesta después de comer (por fin estrenamos nuestra nevera) a la sombra de un pino (como la canción), mientras yo contemplaba el silencio.

Aquí tenemos a alguien que triunfó en la arriesgada empresa de vivir, que sirvió a su país y vivió retirado; fue terrateniente, marido, padre; entretuvo a reyes, amó a mujeres y meditó durante horas a solas inclinado sobre libros antiguos. Mediante el perpetuo experimento y la observación de lo más sutil logró por fin un milagroso equilibrio de todas esas partes caprichosas que constituyen el alma humana. Apresó la belleza del mundo con todos los dedos. Alcanzó la felicidad. Si hubiera tenido que vivir de nuevo, dijo que habría llevado la misma vida otra vez. Pero, mientras observamos con un absorto interés el apasionante espectáculo de un alma que se despliega ante nuestros ojos, la pregunta se plantea casi de forma natural: ¿es el placer el fin de todo? ¿A qué se debe este abrumador interés en la naturaleza humana? ¿Por qué este deseo subyugador de comunicarse con los demás? ¿Basta con la belleza del mundo o hay, en otro sitio, alguna explicación al misterio? Pero no hay respuesta para esto, solo una pregunta más: “Que sçais-je?”.

Virginia Woolf sobre Montaigne. La pregunta final, traducida, “¿Qué se yo?”. Bonito giro. Me quedo con las dos anteriores: ¿Por qué este deseo subyugador de comunicarse con los demás? ¿Basta con la belleza del mundo o hay, en otro sitio, alguna explicación al misterio? Mientras encuentro la respuesta, me sigo bañando. Una vez (o dos) al día. Cuando lo hago a primera hora de la mañana, todavía con la playa desierta, siento temor al meterme en el agua. Sobrecoge. Te lo he dicho en broma, pero en serio: siempre dejo la bolsa roja con las zapatillas en la arena, en un punto visible. Me zambullo en el mar y me entran ganas de gritar, podría hacerlo y nadie me escucharía. ¿Es eso lo que me sobrecoge? Hay algo también de prohibido, como si estuviera cometiendo una infracción, un delito. Y, también, como si estuviera haciendo algo incorrecto por darme un baño en lugar de estar sentado frente al ordenador o enredado en las redes sociales. Estoy trabajando para eliminar este exceso de responsabilidad. Te lo cuento mientras comemos, ensalada de canónigos y zanahoria con huevos y patata cocida.

—Voy a dejar Facebook.

No escondes tu sorpresa. ¿Y los artefactos?, preguntas. No lo sé, respondo. La mejor publicidad es el boca oreja. ¿Cómo hemos pasado de plantearnos una campaña de publicidad de 1.000 € a eliminar tu cuenta?, insistes. Porque me ha hecho pensar, te digo, eligiendo las palabras. Sabes que hace mucho tiempo que quiero dejarlo. No quiero seguir siendo cómplice del mundo que está creando. Estamos. Levantas las manos de la mesa, como si te hubiera apuntado con un revolver, y dices: Yo, ya sabes lo que pienso de las redes. Pienso lo mismo que tú, pero hasta hoy no he actuado en consecuencia. ¿Instagram?, preguntas con malicia.

Después de comer, salgo a caminar sin el teléfono móvil. Quiero desconectar. Quiero poder disfrutar del paisaje, del canto de las aves, del sonido del viento en los árboles, del vaivén de las olas. Sin interferencias. Me cruzo con un hombre de barba blanca, camina a grandes zancadas, con la cabeza metida en su teléfono. Más adelante, una chica posa con cara de selfi mientras se fotografía de espaldas al mar. Hay tres pandemias: la COVID-19, la obesidad y el teléfono móvil.

Recomendaciones de la semana

  • Tres artículos. Aquí tienes el artículo donde explican mucho mejor que yo lo que es el micelio, aquí, el artículo sobre la importancia de saber gestionar nuestra atención y aquí, el poema de Yeats sobre los cisnes.

  • Dos libros. Los fragmentos que he citado en este artefacto pertenecen a Discurso en la Academia Sueca de Patrick Modiano y Genio y tinta de Virginia Woolf. Te recomiendo especialmente este último, una recopilación de textos donde Woolf reflexiona sobre libros, autores y técnica literaria.

  • Un documental. Fantastic fungi. Aunque no comparto todo lo que se dice en él, me resultó muy estimulante e ilustrativo. Puedes verlo en Netflix.