Morriña

Pueblos perdidos entre campos de lavanda

Vemos Pequeñas mentiras para estar juntos escrita y dirigida por Guillaume Canet. Una película sobre la amistad, el reencuentro, la importancia de estar ahí. Y dejar ir.

Si mis manos están completamente ocupadas en aferrarme a algo, no puedo dar ni recibir.

Escribió Dorothee Sölle sobre la importancia de, precisamente, dejar ir. Hay que soltar para recibir. ¿Por qué nos aferramos? A un trabajo, a una pareja, a una forma de vida, a una ciudad. La mayoría de las veces esta conducta ni siquiera es elección nuestra, nos viene impuesta por agentes externos distintos e invisibles la mayoría de las veces. ¿Por qué hacemos lo que hacemos? ¿Para qué? ¿Alguien nos ha enseñado a encontrar nuestro camino? No. ¿Cometeremos el mismo error con la generación que nos sigue? Por eso quería hablarte de Pequeñas mentiras para estar juntos, la historia de Max, un pobre tipo que lo ha perdido todo (eso cree él) y descubre que nunca tuvo nada. La historia avanza a base de conversaciones, no hay efectos especiales ni escenas de acción.  Además de estar de acuerdo con el mensaje, me encantó la forma en que está filmada esta historia de burguesitos para burguesitos complacientes (todo hay que decirlo).

No parece de Netflix, dijimos nada más terminarla.

No es tramposa, ni efectista, se limita a contar una historia y sus subtramas, de algunos de los amigos de Max que aparecen para darle una sorpresa. A Max y a mí no nos gustan las sorpresas. Y no hay un solo flashback (prefiero la palabra española, analepsis, pero ya nadie la usa). La información que el espectador necesita le llega a través de los personajes, de sus diálogos, de sus acciones y no con ese recurso manido y facilón de insertar una escena del pasado. De esta manera podemos alimentar cualquier historia. Es tan fácil hacer trampa. Vemos el rostro de Nicole Kidman (qué operada está, el único resto de su verdadero rostro, me temo, los lóbulos de las orejas) y, a continuación, una secuencia donde una niña rubia pedalea feliz hacia su muerte (claro). Son, casi, deportes diferentes. I love this game. El ejemplo de la Kidman pertenece a una serie que también hemos visto esta semana, Nueve perfectos desconocidos, tramposa, vacua, un robatiempo innecesario. Está basada en la novela de Liane Moriarty, la autora también de Pequeñas grandes mentiras. Nos ha decepcionado. Tanto.

Pero yo quería hablarte de otro tema y ahora me doy cuenta de lo cerca que están los dos títulos, Pequeñas mentiras para estar juntos y Pequeñas grandes mentiras, ¿sabes por qué? Cosas de la traducción. El título de la primera, en francés, es “Nous finirons ensemble” cuya traducción literal sería “Terminaremos juntos”. Nada que ver. ¿Marketing? (Aquí sí que prefiero la voz inglesa a la española, mercadotecnia).

En la realidad, nada cambia.

Algunos lograron regresar ese mundo de radical indolencia. Leí el caso de un coruñés que pasó quince años en estado vegetativo. A su padre le ofrecieron desconectarlo y se negó en redondo, quién sabe si porque era muy creyente o un sindicalista convencido, pero alegó que aquello era faena de Dios y solo de Dios. Su hijo había hecho mutis por el foro en un accidente automovilístico en 1987. Por aquel entonces, era un joven aficionado a las motos que trabajaba como informático, con tarjetas perforadas y ordenadores descomunales. Cuando despertó en otro siglo, frisando la cincuentena y sin apenas arrugas en el rostro, la ciudad se había llenado de parking subterráneos y la gente hablaba sola por la calle. Ignoraba lo que era un móvil, no reconocía la informática de lo mucho que había cambiado, así que descartó la idea de reciclarse profesionalmente. En la entrevista confesaba que se aburría sin trabajar. Cobraba una pensión, pero se aburría. Me pareció imperdonable en alguien que ha pasado todos esos años en coma.

Yo quería decirte que te echo de menos. Por las mañanas, cuando abandonas la cama y te marchas a trabajar a esa hora que debería estar prohibido, todavía de noche, noche cerrada. La gata se sube y ocupa tu lado de la cama, tú te acercas a darme un beso de despedida, yo me giro hacia ti para buscar el calor de tu cuerpo, que ya no está. Escucho el interruptor de la luz de la escalera, la puerta al cerrarse y, luego, la puerta de la calle. A veces, es tanto el silencio, que incluso el motor del coche al arrancar. Intento volver a dormirme, pero no puedo. No tardo en levantarme, beber agua (hoy dejaste la lavadora puesta para que yo la tendiera) y subir de nuevo. Te echo de menos. Preferiría que no fueras a trabajar y te quedases conmigo, un rato más, rezongando en la cama (este verbo no significa lo que nosotros creemos, pero tú y yo sabemos para lo que lo usamos) hasta que se apagaran las farolas, se encendiera el día y, entonces sí, nos levantásemos, nos aseáramos cada uno en su baño para volver a encontrarnos en la cocina (La Ballena, así la llamamos a esta), preparásemos el desayuno y lo tomáramos con parsimonia en el jardín. Atentos al vuelo de las currucas o la llegada, ahora en otoño, de los mirlos. Cinta me escribió para decirme que es normal, que su primo, que sabe de pájaros, le ha dicho que no soportan el calor y en verano buscan climas más templados para volver ahora. Los mirlos de Cinta también han vuelto y montan orgías en su jardín. Esto no lo ha escrito ella, pero lo deduzco yo entre líneas. Y sé que esta broma te hará reír cuando la leas. Porque te echo de menos. Mientras escucho Spiegel im Spiegel y escribo estas páginas. Ya ha amanecido y la gata se ha instalado, ahora, en la mesa del despacho, entre mi cuerpo y el monitor, entre mis manos y el teclado. La he rellenado el comedero y duerme con la panza satisfecha, ronronea feliz. ¿Por qué tengo que echarte de menos cuatro días a la semana? Llegarás cansada, querrás comer para después echarte la siesta y volver a salir. Hasta las nueve y media de la noche, cuatro días a la semana. Si no te viera feliz, te pediría que cogiéramos un avión y nos fuéramos a Coruña ahora mismo (lo hice, pero te lo tomaste a broma). Allí están ahora nuestros sobrinos. Me encantaría enseñarles la ciudad. Visitar con ellos La casa de los peces. Los ojos como platos de Mario, la sonrisa mellada de Alicia. ¿Nos vamos? Juntos. Podríamos aprovechar para ver a tantos amigos, amigos con los que nunca necesitamos pequeñas mentiras para estar juntos y con los que sí, podríamos, terminar juntos. No echamos de menos ninguna de las ciudades donde hemos vivido, nos gusta decir, pero sí a la gente. Ya son unos cuantos. Y, aquí, estamos volviendo a hacer lo mismo. ¿Nos echarán ellos de menos? Vayámonos todavía más lejos. Solos. Escribámosles postales, largos correos electrónicos como este. Hagamos ese viaje que tenemos pendiente por el Algarve o la Provenza italiana (todavía no leíste el libro de Vicente Valero), pernoctando en pueblos perdidos entre campos de lavanda.

Aquí me tienes, soñando y esperándote. Pareces tan feliz cuando regresas a casa, me haces tan feliz cuando entras por la puerta silbando, pero recuerda que los martes por la mañana no puedes hacerlo: tengo clase. Nos vemos después, a la hora de comer, en La ballena.

Tarde para qué, me pregunto. La verdad es que lo ignoro. Es sólo que cuando alguien muere, pensamos que se ha hecho tarde para cualquier cosa, para todo —más aún para esperarlo—, y nos limitamos a darle de baja. También a nuestros allegados, aunque nos acompañe en la mente cuando caminamos por las calles y en casa, y creamos durante mucho tiempo que no vamos a acostumbrarnos. Pero desde el principio sabemos —desde que se nos mueren— que ya no debemos contar con ellos, ni siquiera para lo más nimio, para una llamada trivial o una pregunta tonta (`¿Me he dejado ahí las llaves del coche?´, `¿A qué hora salían hoy los niños?´), para nada. Nada es nada. En realidad es incomprensible, porque supone tener certidumbres y eso está reñido con nuestra naturaleza: la de que alguien no va a venir más, ni a dar un paso ya nunca —para acercarse ni para apartarse—, ni a mirarnos, ni a desviar la vista. No sé cómo lo resistimos, ni cómo nos recuperamos. No sé cómo nos olvidamos a ratos, cuando el tiempo ya ha pasado y nos ha alejado de ellos, que se quedaron quietos.


Recomendaciones de la semana

  • Un libro. Dicen los síntomas de Bárbara Blasco. Suyo es el primer fragmento de este artefacto. Lo mejor que te puedo decir de este libro es que nunca lo verás en una plataforma de streaming. Pura literatura que Blasco pone al alcance de todo el mundo con un desarrollo de personajes tan acertado como próximo. Analizaremos este libro en la próxima sesión del club de lectura online de la Fundación Rafael Pérez Estrada. Gracias a su patrocinio es totalmente gratis (sólo tienes que reservar plaza escribiéndome). Será el martes 26 de octubre a las 19 horas a través de Zoom y contaremos con la participación de la autora. Charlaremos un ratito con ella y luego seguiremos a nuestro aire. Recuerda que es necesario reservar plaza. Si no puedes ese día a esa hora, pero quieres que analicemos juntos este libro, puedes solicitar una tutoría online respondiendo a este correo.

  • Dos libros. El último fragmento de este artefacto pertenece a Los enamoramientos de Javier Marías, otra de mis lecturas de esta semana. Este lo diseccionaremos en el club de lectura presencial de la Biblioteca Canovas del Castillo. Lo siento, no quedan plazas y hay una larga lista de espera. Si quieres que hablemos, tú y yo, sobre cómo escribe un futuro Premio Nobel, de sus hallazgos y dificultades, y de cómo acercarte a este tipo de libros que parecen estar reservados para unos pocos (ni caso), reserva tu tutoría online ahora o calla para siempre.

  • Tres libros. No voy a perder la oportunidad de mencionar a mi admirado Valero y, aunque su Breviario provenzal no es de mis favoritos, recomendarlo. Si, como Lau, todavía no lo leíste, te estás perdiendo algo tan exquisito como extraño en la literatura española actual.

  • Una película. Pequeñas mentiras para estar juntos de Guillaume Canet conseguirá que te olvides de tu vida durante sus 105 minutos. Además, al terminar de verla, sonreirás de forma dulce y agradecida. Garantizado. Está disponible en Netflix, aunque no creo que su algoritmo te la recomiende.