Papageno

Lo que no se nombra, no existe

Se me olvidó contarte que, el otro día, en uno de mis paseos por la playa, más allá de Casa Matilde, vi a dos ancianos muy ancianos y arrugados, arrugados. Ella llevaba un vestido azul de algodón que le llegaba hasta los tobillos y él, un bañador azul y blanco, tan blanco como su piel octogenaria. Tenía los tobillos hinchados, una gran tripa y la mirada perdida. Sobre la sombrilla, había un flotador, de esos que son como un cilindro, los que llamamos “churro” (no sé por qué). Estaban los dos sentados, mirando el mar. En silencio.

Llegué hasta el dique, donde termina literalmente la playa, y regresé. Cuando volví donde los ancianos, ya estaban de recogida. Había una mujer de nuestra edad con ellos, les ayudaba con la sombrilla, las sillas. El anciano se había puesto el churro sobre los hombros y caminaba, despacio, con mucha dificultad, asido al brazo de la anciana. Ella, erguida, solícita, acompasaba su paso al de su pareja de baile. ¿Seremos así dentro de veinte, veinticinco años? Yo firmaba.

No te conté nada de esto porque prefiero hacerte el cuento por escrito, que lo saborees. No solo porque me expreso mejor que oralmente, también, para que puedas guardarlo y volver a leerlo, dentro de veinte, veinticinco años, y comprobar si mi sueño se ha hecho realidad. ¿Envejecemos juntos, Lau?

Si me preguntas cómo son las personas de este país, diré que iguales a todas. ¡El género humano es una cosa tan monótona! Casi todos trabajan la mayor parte del tiempo para vivir y su poco tiempo libre les pesa de tal modo, que buscan con ahínco el medio de usarlo en algo. ¡Oh, destino del hombre! 

Sin embargo, estas personas son bienintencionadas. A veces, me olvido de mí y acudo a gozar con ellos los extraños placeres que a los mortales se conceden. Ya me siente en una mesa bien provista, en la que reinan cordialidad y alegría; ya demos un paseo en coche o improvisemos algún baile, cuando se presenta la ocasión propicia, sin preparativos de ningún tipo, esto me produce los mejores efectos; sólo que entonces es necesario olvidar y no recordar que hay en mí una gran cantidad de facultades latentes, que me veo obligado a ocultar con el mayor cuidado. ¡Ah, esto me oprime el corazón en alto grado! ¡Y sin embargo... no tener comprensión es nuestro destino!

Así de raro escribía Johann Wolfgang von Goethe, Goethe para los amigos, en 1774. Esta semana he leído su novela Las penas del joven Werther para entender a qué se refieren cuando dicen el “efecto Werther”. Aunque el término lo acuñó el sociólogo David Phillips en 1974, después de publicar un estudio que demostraba que 

el número de suicidios se incrementaba en Estados Unidos al mes siguiente de que el New York Times publicara en portada alguna noticia relacionada con un suicidio.

Hoy sabemos que esto no es del todo cierto.

La Organización Mundial de la Salud recomienda hablar del suicidio. Incluso ha publicado una serie de recomendaciones para los medios de comunicación. Recomendaciones que la mayoría de los medios no siguen. Pero no voy a criticar a los medios de comunicación. Hoy.

Lo que sí sabemos es que lo que no se nombra, no existe. Así que, como recomienda la OMS, hablemos del suicidio, pero ¿cómo?

La solución también tiene nombre: “efecto Papageno”. Que también toma su nombre de un personaje de ficción, en este caso, de La flauta mágica.

Así que, el mismo día que regresas del trabajo y me comentas que hay una invasión de meloncillos. ¿Dónde?, pregunto. No sé, lo he escuchado en la radio. Estaba pendiente de un adelantamiento. También han dicho que han aumentado los suicidios entre los adolescentes. ¿Los suicidios o la depresión?, pregunto. Los suicidios, respondes. Sabemos de lo que hablamos. El ewok está ahí. Papageno.

Así que, ese mismo día, veo la ópera La flauta mágica de Wolfgang Amadeus Mozart. Bueno, en realidad, no veo la ópera entera porque he encontrado una web donde la analizan, y han recopilado las mejores representaciones de cada escena. Una maravilla. Porque además te explican quién es quién y en qué tienes que fijarte. Hay varias óperas diseccionadas a este nivel; este verano, veremos alguna juntos. Sabes que siempre he querido aprender sobre ópera.

Me desvío. ¿Qué es el efecto Papageno?

la posibilidad de que historias y contenido mediático sobre actos suicidas y autolesiones visibilicen la capacidad de sus protagonistas de superar esos momentos de crisis; autorelatos en los que sus protagonistas comparten cómo fueron capaces de parar y dejar de autolesionarse, o superar sus crisis suicidas.

Es decir, contar historias de éxito. En eso estoy. Y, a otro nivel, hablar. Hablar de los que están aquí, con nosotros, sin olvidarnos de los que se han ido. Analizar las causas y los efectos. Hablar. Hablar de las cosas que importan: de las emociones, de los sentimientos, de lo que podemos hacer por los demás, de lo que esperamos de ellos. De nuestros éxitos y nuestros fracasos. De nuestras expectativas y de nuestras frustraciones.

La vida humana se reduce a un sueño, esto es lo que muchos han creído, y tal idea no deja de perseguirme. Cuando me detengo a pensar en los estrechos límites en que están circunscritas las facultades activas e intelectuales del hombre; cuando veo acabarse todos sus esfuerzos por satisfacer algunas necesidades que no tienen más intención que prolongar la desgraciada vida; que toda nuestra confianza o tranquilidad sobre ciertos puntos de la ciencia, es sólo una resignación fundada sobre quimeras y ensueños, y producida por esta ilusión que cubre las paredes de nuestra prisión con pinturas diversas y perspectivas de luz; todo esto me deja mudo, amigo Guillermo. Me reconcentro y encuentro en mi ser todo un mundo; pero un mundo fantástico, creado por presentimientos, por deseos sombríos, en el que no se halla ninguna acción viva. Todo nada, todo flota ante mí, cubierto de una espesa nube y yo me adentro en ese caos de ensueños con una sonrisa en la cara. Pedagogos, maestros, todos acuerdan que los niños no saben lo que quieren; pero que también nosotros, niños grandes, damos traspiés por este mundo sin saber de dónde procedemos o adónde nos dirigimos; lo mismo que los pequeños, obramos sin intención; igual que los niños nos dejamos llevar por golosinas de diferentes tipos o por el castigo; esto es lo que nadie quiere creer, ni convenir en ello; y según yo es, sin embargo, una cosa evidente. 

1774. Aunque está escrito raro, se entiende. Me he visto tentado de actualizarlo, pero no quiero que Goethe se cabree. Coincido con muchos de los planteamientos de su novela, que ha envejecido en la forma, pero no en el fondo. No estoy de acuerdo con la solución final. Soy más de Papageno que de Werther. El propio Goethe lo era: dejó que su personaje se suicidara, pero él siguió vivo y escribiendo.

En mi búsqueda, he leído una de esas frases que merece la pena recordar:

El suicidio es una solución permanente a un problema temporal.

No te cuento nada de esto y te abrazo con fuerza. El agua nos cubre por la cintura, el agua está tan transparente que podemos ver el fondo de arena. Algo se mueve allí abajo. Un pez rayado se acerca a nuestros pies. Eres tú, soy yo, la primera en verlo. Luego, otro. Estamos rodeados. ¿Qué peces son?, pregunto. Ninguno conocemos la respuesta. Solo conocemos aquellos que nos comemos: jurel, sardina, boquerón. Salmonete, pargo, caballa. No nos tienen miedo, dices. Uno está tan cerca de mi talón que pienso que va a tocarlo. Tienes frío, salimos. Te arropas con el pareo y, abrazados, observamos, en silencio (cada vez me gusta más esta palabra), cuerpo contra cuerpo, la puesta de sol sobre Benajarafe.

Cuando regresamos a casa, te pido, Papagena, que veamos el siguiente vídeo:


Recomendaciones de la semana

  • Ni se te ocurra leerte Las penas del joven Werther de Goethe. Si, bajo tu responsabilidad, decides hacerlo, aquí tienes la versión que yo he encontrado. Una novela epistolar del siglo XVIII.

  • El análisis de La flauta mágica, escena a escena, aquí.