Rulfo

Darle vuelo a las ilusiones

Pinchamos. En el kilómetro 24 de la A-45 dirección Córdoba. El coche empieza a vibrar y notamos como pierde velocidad. Consigues conducirlo hasta el arcén, reduciendo, sin pisar el freno. Tiemblas. Nos miramos un instante antes de que digas: Hay un chaleco en tu asiento. Te pido que respires. Antes de salir del coche, no hay prisa. Respira. Cada vez que pasa un vehículo por el carril derecho de la autovía, sentimos como se mueve el nuestro. Un camión. La masa de aire que desplaza embiste contra nosotros. El sonido, como de succión. Nos ponemos los chalecos. Salgo por tu puerta, dices. Fuera brilla el sol. Los automóviles siguen circulando a gran velocidad, alguno se cambia de carril; la mayoría, no. Saco un triángulo de emergencia del maletero y camino cincuenta, cien metros para dejarlo en el medio del arcén. Mientras, llamas al seguro para solicitar Asistencia en carretera. La chica que te atiende dice que no le sale el kilómetro 24, que si le puedes indicar alguna referencia. Estamos rodeados de viñas, hay una casa allí al fondo, miro en el móvil el último pueblo que hemos pasado. Dirección Córdoba, sí. Todavía tiemblas. Te cuesta procesar la información. Estamos a salvo, más allá de la cuneta, en un terraplén rodeados de romero y un arbusto que tiene unas bayas rojas. Te digo: Mira, café. Sonríes. El terraplén es bastante escarpado y no muy estable. En la parte inferior, al otro lado de una hilera de pinos mediterráneos, hay una vía de servicio por la que pasa un coche hacia alguna parte.

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría, pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo. <<No dejes de ir a visitarlo —me recomendó—. Se llama de este modo y de este otro. Estoy segura de que le dará gusto conocerte.>> Entonces no pude hacer otra cosa sino decirle que así lo haría, y de tanto decírselo se lo seguí diciendo aún después que a mis manos les costó trabajo zafarse de sus manos muertas.

Todavía antes me había dicho:

—No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo, mi hijo, cóbraselo caro.

—Así lo haré, madre.

Pero no pensé cumplir mi promesa. Hasta que ahora pronto comencé a llenarme de sueños, a darle vuelo a las ilusiones. Y de este modo se me fue formando un mundo alrededor de la esperanza que era aquel señor llamado Pedro Páramo, el marido de mi madre. Por eso vine a Comala.

Aparecen dos todoterrenos de la guardia civil. Uno estaciona delante y el otro, detrás. Sólo se bajan los del primero. La pareja se acerca a nosotros despacio, mientras yo busco las mascarillas en la guantera. ¿Necesitan ustedes algo?, dice uno de ellos. Paciencia, respondo. Les informamos de que ya hemos avisado a la grúa (está en camino, la chica te ha dicho que tardará unos veinticinco minutos). Sólo les pido que se sitúen al otro lado de la valla, nos recomienda con un tono amable, servicial. Por si viene algún despistado. Si se lleva el coche, da igual, dice el otro, pero su seguridad… Les damos las gracias, obedecemos, se marchan. Nos sentimos más seguros, yo diría que incluso agradecidos. Después de que el número de teléfono que figura en la póliza del seguro no exista, tener que buscarlo en internet, hablar con una voz pregrabada y después con una chica que dice que no sabe dónde estamos, pero nos envía una grúa, el trato humano nos ha tranquilizado un poco. Solo tengo que mirarte para saberlo: sigues nerviosa. ¿Nos hacemos un selfie?, te propongo. No crees que vaya en serio. ¿No lo irás a poner en el próximo artefacto?, preguntas. Me encojo de hombros.

El hombre de la grúa tarda menos de quince minutos en cambiar la rueda. Lo hace allí mismo, en el arcén, mientras su compañero indica a los vehículos que se aproximan que bajen la velocidad, que cambien de carril. Su cara de desconcierto, una sonrisa sardónica, cuándo nos ha preguntado por la rueda de repuesto. Ni idea, ha sido nuestra respuesta. Ni siquiera hemos sacado las mochilas,  mucho menos las dos bicicletas de montaña que llevamos desmontadas y llenan la parte trasera, con los asientos abatidos para que quepa ese Tetris que empezamos a hacer a las siete de la mañana. Es casi la una y media. Pensábamos que nos llevaría a un taller, al menos, a la siguiente salida de la autovía para cambiar la rueda con seguridad. Dice que no hace falta, que pongamos las bicis en el terraplén. Se sorprende, nos sorprendemos, al ver que llevamos una rueda de repuesto nueva. Deber de ser de cuando compramos el coche, hace casi veinte años. Falta una tuerca, un tornillo. Es un tornillo que he visto rondar por el coche y siempre he tenido la tentación de tirar. ¿Dónde está? Busco en la guantera, en la puerta del acompañante. Para eso sirve este tornillo, pienso. ¿Y si no aparece? Lo encuentro. Se lo entrego al hombre de la grúa, pelirrojo, con el pelo y la barba igual de cortos, grande como un vikingo. Y silencioso. Afable.

Mientras cambia la rueda, los coches siguen circulando a toda velocidad, a menos de un carril de distancia. Intento distraerme, no hacer caso a los pensamientos que tengo en este momento. Permanecemos en el terraplén, contemplo el horizonte, dando la espalda al coche. Una gran llanura de cultivos, verde, naranja, marrón hasta donde alcanza la vista. El hombre de la grúa se acerca a nosotros. Hecho. Nos indica que en la próxima salida hay una estación de servicio donde podemos inflar la rueda. Y seguir camino. Nos ayudan a meter las bicicletas en la parte de atrás, los mangos que hemos comprado para tu hermana, las mochilas. Arrancas y el coche empieza a moverse. Escrutamos cada ruido, te pregunto si te parece que vibra. No pasas de noventa. La grúa nos escolta el primer kilómetro, luego acelera y desaparece, tomamos la primera salida e, inseguros, llegamos a una estación de servicio donde, efectivamente, podemos inflar la rueda. Yo todavía llevo el chaleco amarillo.

Después de comer en un sitio donde no volveremos a hacerlo, atravesamos la Sierra Madrona, encinas y pinos que escalan la piedra gris calcárea, el Valle de la Alcudia, dehesas y cultivos, cotos de caza, Brazatortas (siempre nos hace gracia este nombre, por fin bromeas) y Puertollano, Ciudad Real y Malagón. ¿Compramos queso en Don Apolonio?, preguntas. Te digo que sí, pero nos confundimos de salida. Da igual, lo hacemos a la vuelta, el domingo, te digo. Y lo haremos. De regreso a casa.

<<Mi cuerpo se sentía a gusto sobre el calor de la arena. Tenía los ojos cerrados, los brazos abiertos, desdobladas las piernas a la brisa del mar. Y el mar allí enfrente, lejano, dejando apenas restos de espuma en mis pies al subir de su marea…>>

—Ahora sí que es ella la que habla, Juan Preciado. No se te olvide decirme lo que dice.

<<…Era temprano. El mar corría y bajaba en olas. Se desprendía de su espuma y se iba, limpio, con su agua verde, en ondas calladas.

>>—En en el mar sólo me sé bañar desnuda —le dije. Y él me siguió el primer día, desnudo también, fosforescente al salir del mar. No había gaviotas; sólo esos pájaros que les dicen “picos feos”, que gruñen como si roncaran y que después de que sale el sol desaparecen. Él me siguió el primer día y se sintió solo, a pesar de estar yo allí.

>>—Es como si fueras un “pico feo”, uno más entre todos —me dijo—. Me gustas más en las noches, cuando estamos los dos en la misma almohada, bajo las sábanas, en la oscuridad.

>>Y se fue.

>>Volví yo. Volvería siempre. El mar moja mis tobillos y se va; moja mis rodillas, mis muslos; rodea mi cintura con su brazo suave, da vueltas sobre mis senos; se abraza de mi cuello; aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera. Me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo.

>>—Me gusta bañarme en el mar —le dije.

>>Pero él no lo comprende.

>>Y al otro día estaba otra vez en el mar, purificándome. Entregándome a sus olas.>>


Recomendaciones de la semana

  • Un libro. Pedro Páramo de Juan Rulfo. A esta novela corta pertenecen los dos fragmentos que he incluido en este artefacto. Como has visto es una escritura poderosa, donde el estilo tiene un papel importante. Es un libro que al principio puede desconcertar por su estructura fragmentaria, pero te animo a leerlo. Publicado en 1.955 se adelantó en muchos aspectos a otros libros más conocidos. Incluso películas. ¿Te suenan Babel, Crash o, mi favorita, Magnolia? Si te gustaron estos largometrajes, dale una oportunidad a Pedro Páramo. Y si no quieres hacerlo a solas, puedes reservar una tutoría online conmigo. Sólo tienes que escribirme para concretar el día y la hora. Conversaremos en privado sobre su estructura, los personajes, el estilo y algunas anécdotas relacionadas con este clásico de la literatura. Aquí puedes comprar una edición especial de las obras completas de Juan Rulfo (Pedro Páramo, El llano en llamas y El gallo de Oro) con motivo del centenario de su nacimiento. Vienen en volúmenes independientes y en una caja. Un regalo original para un aficionado a la lectura o un capricho que concederte.

  • Terminamos de ver la serie Misa de medianoche de Mike Flanagan. Notable. Me reafirmo en lo que os decía en el artefacto anterior: de terror, no es. Algún sustito y un vampiro ancestral, pero lo mejor de la serie es el desarrollo de sus personajes. Incluye algún giro sorprendente. Son siete capítulos y está disponible en Netflix, sí, esa plataforma que mutila los chistes de Seinfeld y sube los precios.

  • Una película. La serie anterior me recordó mucho a The adicction de Abel Ferrara, una rareza que Lau tuvo que soportar conmigo en el cine. A mediados de los noventa, cuando éramos otros. Pensé que la teníamos en DVD, pero no. Tengo un gran recuerdo de esta cinta. Sólo está disponible en Filmin.