Ternura

Una novela inspirada en nosotros

Héroes ha llegado a las librerías. Para celebrarlo, vamos a comer en El paraíso de Nerja, un restaurante que nos ha recomendado Jorge. Está genial, dice. Tiene una playa privada, abajo, muy íntimo, ¿tú sabes? Jorge tiene todavía esa forma de acabar las frases, esdrújula, de allá. Veinte años acá no le han borrado el acento.

Pasamos, según el navegador, por la puerta del restaurante. Una, dos veces. Hay una salida en la rotonda, el cartel de un restaurante: Mesonera de Nerja. Ese no es, digo, completamente seguro. Damos otra vuelta a la rotonda, decidimos aparcar e inspeccionar la zona andando. Me asomo al acantilado y, entre palmeras, veo unas tumbonas azules, un edificio a medio camino entre una casa y un chiringuito. Supongo que debe ser ahí.

Fingimos saber a dónde nos dirigimos, pasamos bajo un arco, escrutamos la puerta del otro restaurante. No hay movimiento de camareros, ni de clientes. Hay una escalera que baja. Bajamos. Huele a comida. La escalera gira sobre sí misma justo antes de llegar al suelo y, entonces, podemos ver el interior del restaurante: vacío. Tengo ganas de gritar ¿Hay alguien ahí? Al fondo, se intuye la playa, alguna mesa. Un camarero, ¿de dónde ha salido?, se acerca a nosotros. ¿Tenían reserva?, pregunta. Sí, sí. A nombre de Pedro. Es un chico joven, delgado y alto. Nos pide que le acompañemos. Camina rápido y no puedo husmear lo suficiente la cocina: varios fuegos encendidos, trasiego, una paella, dos… un camarero que deja un plato sobre la barra de acero.

Nuestra mesa está en primera fila, resguardados por un toldo, con el adorno de un par de palmeras, la arena bajo nuestros pies y el mar a unos diez metros de nosotros. Un espectáculo. Te sugiero que tomemos paella. Otro camarero nos dice que fuera de carta tienen concha fina, que son pequeñas y que por eso las hacen a la plancha. ¿Las probamos? Dices que sí. Y un gazpacho. Va a ser mucha comida, advierte el camarero. Si os parece bien, pongo uno para compartir, ¿de acuerdo? De acuerdo. Pues traemos el gazpacho, esperamos por la concha fina para que se vaya haciendo el arroz, ¿de acuerdo? Todo nos parece perfecto.

Me comentas que has escuchado un programa de radio sobre GiuseppeVerdi, que tengo que escucharlo, que tenemos que ver un documental. No sabía que Verdi fue también un filántropo. Encargó construir, con su dinero, un hospital, creó una casa de reposo para músicos jubilados que no tengan (sigue en activo) dónde vivir y para que los jóvenes sin recursos puedan estudiar música (ofrecen becas). Me cuentas que cuando Verdi agonizaba en su cama, mandaron cubrir de paja las calles circundantes para que no molestaran al maestro, que a su entierro acudió toda la ciudad. Verdi, que había nacido en una familia muy modesta y que pudo formarse gracias al apoyo de un comerciante local, con cuya hija llegaría a casarse, no aprobó el examen de ingreso al conservatorio de Milán, donde triunfaría poco más tarde con su primera ópera. Verdi, no lo sabía, llegó a ser diputado y senador, pero, como él llegó a asegurar:

De todas mis obras, la que más me gusta es la casa que hice construir en Milán para acoger artistas ancianos no favorecidos por la fortuna, o quienes de jóvenes no poseyeron la virtud del ahorro. ¡Pobres y queridos compañeros de mi vida! Créeme amigo, esa casa es sin dudas mi obra más bella.

Juanma, el propietario de El paraíso de Nerja, el amigo de Jorge, se acerca a nosotros. ¿Pedro?, dice con precaución. Sonrío. Charlamos. Le pregunto qué tal ha ido el verano. Genial. Mira como estamos, subraya, señalando con su brazo derecho que no queda ninguna mesa libre. Me alegro mucho. ¿Cuándo cerráis? Juanma no lo sabe, pero tú y yo hemos estado hablando de esto mismo. Incluso hemos apostado. El 26, justo hoy lo hemos estado mirando. ¿De septiembre?, pregunto algo escéptico. Sí, ya mismo, confirma. Juanma parece cansado de verdad. Le pregunto por las vacaciones y nos cuenta que quiere recorrer Portugal, en la moto. Nosotros acabamos de estar por ahí, decimos, Coimbra. Tienes que ir a la Ribeira Sacra, insisto. Espero unos segundos, espero que me pregunte por algún sitio, una recomendación. No sucede. Hablamos un poco más hasta que Juanma se marcha a atender otra mesa.

Llega la paella. Enorme. El arroz en su punto, el propio Juanma nos sirve, coloca los mejillones en el plato como si estuviera preparando un escenario. Tiene unas manos hábiles, rápidas, precisas. Conseguimos comernos solo la mitad. Un camarero se acerca para preguntarnos si todo está bien. Al ver la paella, bromea: Si os la coméis entera, lo dejamos gratis. No me toméis en serio, se disculpa. ¿Algún postre?, ¿queréis que la pongamos para llevar? Somos incapaces de tomar postre (luego Jorge me dirá que son exquisitos y yo le responderé que tenemos que volver), sí, claro que queremos llevarnos lo que queda (al día siguiente, con una ensalada de aguacate y chia, una maravilla). Juanma viene a despedirse. Le recordamos lo de las tumbonas. Sí, sí, nos dice. No quedaba ninguna, pero os hemos puesto al fondo, junto a la roca. ¿Las pagamos allí?, preguntas. No, no, a eso os invito yo. ¿En serio?, insistes.

Caminamos hasta las tumbonas. Nos tumbamos, te pones a leer Héroes. Este no lo leíste antes de que lo enviara al premio Edebé. No lo has leído todavía y quiero saber tu reacción a cada uno de los juegos que he incluido. Sigo pensando en lo que me has contado de Verdi, un genio generoso. ¿Qué es lo que me seduce de esta historia?, ¿su ternura? Entonces, me doy cuenta: me encantaría llegar a hacer algo así. Es más: lo preferiría a ser recordado por haber escrito un libro. Carezco de esa ambición. Renunciaría a eso que los escritores llaman “la inmortalidad”, si estuviera a mi alcance, por la posibilidad de ayudar. Quizá mis libros (y, por extensión, estos artefactos) sean eso: un intento vano de cambiar las cosas. Ningún texto va a cambiar el mundo. Pero, ¿de qué otras herramientas dispongo?

Te observo, observo como lees mi modesta historia de héroes cotidianos, de personas que eligen, como tú, como yo, a cada instante, ser héroes o villanos. Una novela inspirada en nosotros

Él y Penélope habían conseguido casi todo lo que se podía soñar. Una familia, unos trabajos que les ilusionaban y esa casita junto al mar donde vivían como si todo el año estuvieran de vacaciones.

que incluye alguna certeza:

…él estaba ahí, que lo estaría siempre, porque unas veces se gana y otras se pierde, pero lo importante es no bajar los brazos, levantarse y pelear por ser mejor en la siguiente partida.


Recomendaciones de la semana

  • Toca spam: sería un hipócrita si no recomendase mi propio libro. Héroes es mi primera novela ambientada en la Axarquía, una novela escrita desde tres puntos de vista: el de Teseo, el de Andrea y el de Hugo. Tres adolescentes que se encuentran en un videojuego online para luego coincidir en la vida real. En este enlace puedes comprarlo sin salir de casa, aunque me haría mucha ilusión que lo encargaras en tu librería habitual o lo solicitases en la biblioteca que hay al lado de tu casa.

  • Solo te voy a recomendar a medias el documental Il bacio de Tosca de Daniel Schmid. Se me hizo un poco largo, la verdad. Muy tierno, sí, pero nada más. Schmid se dedica a grabar a los ancianos (qué voces) interpretando a Verdi. Me faltó que profundizase en sus historias personales. Lo que me quedó claro es que hay varios residentes de la Casa de Reposo Verdi (el documental se ciñe a estos tres o cuatro) que siguen queriendo ser el foco de atención. No todos los artistas son así. Mientras veía el documental me puse a pensar en la novela de Antonio Fontana, Hasta aquí hemos llegado, de la que te hablé aquí.

  • Esta semana me he leído El hereje de Miguel Delibes. Qué bien escribía este señor de Valladolid.  Al final, este artefacto se me ha alargado demasiado y no he podido incluir todo lo que había pensado (hasta una conversación con mi madre). ¿Te gustaría que hablase de este libro la semana que viene? Te leo. Solo tienes que escribirme.