Tiempo

El trabajo envilece

Aprovechamos el lunes festivo para no hacer nada. A nuestra manera, no hacer nada es levantarnos tarde, desayunar relajados y olvidarnos de que el jardín necesita una vuelta. Propones que vayamos al Chino que hay en Torre de Benagalbón a comprar una caja de plástico. Rompiste la anterior en el trasvase de ropa verano-invierno y no he querido preguntarte cómo. Escuché el estruendo desde el despacho, ningún grito. Supuse que estabas bien. Seguí dando clase como si tal cosa. Acepto. También necesitamos fruta: kiwis, plátanos, mandarinas, digo. ¿Crees que Rafa estará abierto? Seguro, respondes convencida. No cierra nunca.

No estoy en contra del trabajo por indolencia, por perrería, por frescura, sino por deducción intelectual: la lucidez me ha llevado a no creer en él. “Cultivo el odio a la acción como una flor de estufa. Me alabo conmigo mismo de mi clarividencia de la vida”, escribió Pessoa en su Libro del desasosiego. Es la clarividencia, no la pereza, la que me lleva a detestar el trabajo. Hago mías las palabras de Unamuno: “Si del todo morimos, ¿para qué todo? ¿Para qué?”. Tal vez no haya que ponerse tan trágico o tremendo, pero si por narices hay que hacer algo en esta vida, si no participar no es una opción, a uno se le ocurren montones de cosas antes que trabajar. El trabajo tiene una particularidad: envilece lo que más nos gusta. Haz la prueba, lector: convierte una afición en una profesión, ponle horarios, y jefes, y compañeros —con sus caras y sus tarteras, y dentro la pasta de ayer y el tomate reseco, y mejor no sigo—, y verás que pronto te deja de gustar y que tirria le coges. […] Hay que reconocer que el engaño es notable. La sociedad no solo nos obliga a trabajar, sino que, merced a una extraordinaria pirueta de autosugestión, muchos confiesan que su trabajo les gusta, que trabajar es bueno y que si no trabajaran no sabrían qué hacer y se aburrirían. ¿Cabe mayor caso de hipnosis colectiva?

En el Chino (¿tampoco cierran nunca?), recorremos todos los pasillos. Nos gusta perder el tiempo curioseando aquí y allí,  ociosos, buscando utilidad a lo que ni siquiera sabíamos que existía. Es como una visita al IKEA, pero en pequeño. Nos gusta ir al IKEA y jugar a descubrir. Esto ya lo he escrito, no sé si aquí o en otro diario que no he querido que leyeras. Nos gusta, te decía, pasar la tarde entre personas aceleradas que siguen flechas en el suelo. Parejas cargadas con niños y preocupaciones que les amargan el gesto y la educación. Casi nunca, por no decir nunca, acabamos comprando algo que no necesitamos. Vamos con un objetivo, hemos hecho el estudio de mercado, estamos convencidos, sin prisa.

Tiempo, al final, es lo único que somos.

Este epigrama lo incluí en Elpaísdelosméritos y desde entonces, 2010, no dejo de repetírmelo. Seguramente se me ocurrió en el IKEA del Marineda City o en otro centro comercial, una situación parecida, rodeados de vectores, como personas, que se arrastraban de una tienda a la siguiente. Y, en ese trasiego, tú y yo tomando un café en la cafetería situada en el centro del centro comercial. Café cafetería centro centro comercial. Quizá lo del centro sea una licencia (poética). Aliteración. Una necesidad (literaria). De estilo. Circulamos, también en estos espacios, a un ritmo inferior que el resto, el nuestro. Nunca acelerados. Como en una burbuja. Nuestra burbuja. Hay, en esta forma de ir por la vida, una sincronía, una belleza precisa y armónica, de danza. ¿Lo conseguirán todas las parejas después de veinticuatro años de relación? Somos tan afortunados: queremos dilapidar nuestro tiempo juntos. Compartirlo. Queremos más tiempo del que el Tío Gilito nunca llegó a tener. Todo el que podamos conseguir. Para nosotros.

Por las mañanas, sigo con Cioran. Manual de antiayuda de Alberto Domínguez. Un libro sobre Cioran donde también aparecen citas de Unamuno, Bernard, Pessoa y otros tristes, como dirías tú. También aparece Nietzsche y Los Simpson (creo que les dedicaré el próximo artefacto). En la sobremesa, es el turno de Autobiografía de un yogui de Paramahansa Yogananda. Ambos libros tratan de lo mismo —el sentido de la vida, nuestro lugar en el mundo, y se detienen a reflexionar sobre el trabajo, metafísica, meditación, enfermedad y otras naderías— con puntos de vista opuestos. Yo modero su diálogo. Subrayo en uno y en otro, disfruto comparándolos. Los estudio.

He subrayado en uno de ellos, enseguida sabrás cual:

Dicho así puede sonar algo grandilocuente eso de que el fin primordial de la vida es la sabiduría, pero lo cierto es que, en última instancia (y aunque no seamos conscientes de ello), todo lo que hacemos, lo hacemos porque deseamos saber. Alguien puede objetar: no, mi meta no es saber, eso es cosa de filósofos y de gente lista, mi objetivo principal en la vida es, que sé yo, tener hijos, comprarme una casa en el campo, ganar mucho dinero, dar la vuelta al mundo, ser feliz, puede que tenga varios objetivos principales en la vida, pero la sabiduría no es uno de ellos. Y es entonces cuando uno toma la palabra y pregunta: ¿si tu objetivo es formar una familia, no será que lo que realmente quieres es saber en qué consiste formar una familia; si lo es vivir en el campo, no será que te gustaría saber cómo es vivir en el campo; no será que lo que quieres es saber cómo se vive siendo rico, o saber qué se siente dando la vuelta al mundo, o saber en qué consiste ser feliz? Somos seres humanos y, como tales, lo que todos perseguimos es saber, saber, saber: saber cuál es el origen del universo, saber cómo se prepara un estofado de ternera, saber si va a llover, saber si Dios existe, saber si el famoso X es o no es homosexual, lo que sea, pero SABER. La sabiduría admite grados, es cierto, hay saberes y saberes, pero no cabe duda de que es la curiosidad (tan filosófica), de que es el deseo de conocer lo que nos mueve.

Las cursivas y las mayúsculas son del texto original. No es un recurso que aprecie, pero mira (lee) lo que le contesta Yogananda en la página 303.

Dominar a maya fue la tarea asignada a la raza humana por los profetas milenarios. Elevarse sobre la dualidad de la creación y percibir la unidad del Creador se consideró la meta suprema del hombre. Aquellos que se aferran a la ilusión cósmica deben aceptar la esencial ley de polaridad de ésta: ley de flujo y reflujo, elevación y caída, día y noche, placer y dolor, bien y mal, nacimiento y muerte. 

[…]

La ilusión del mundo, maya, al manifestarse en el individuo se denomina avidya, que literalmente significa <<ausencia de conocimiento>>, ignorancia, ilusión. Maya o avidya no pueden ser destruidas por medio de la convicción intelectual o del análisis, sino únicamente al alcanzar el estado interior de nirbikalpa samadhi.

Te ahorro toda la consideración sobre la ciencia moderna y la Ley del Movimiento de Newton (precioso el fragmento sobre Einstein y la velocidad de la luz, “única constante en un universo en continuo flujo”). El “nirbikalpa samadhi”, según explica más adelante, es un estado de conciencia. Dibujo un corazón en el margen, junto a este párrafo, y disfruto de este momento. No sucede todos los días. Yo he encontrado una perla. Tú, todavía dormida, con la cabeza hacia el jardín, el sol de octubre, más naranja, menos caliente, los gorriones que saltan del arriate al sumidero. ¿Te conté lo del banquete que se dio un gorrión orondo en la maceta del clementino? Termino el capítulo y cierro los ojos, me dejo llevar. Hasta que suena la alarma de tu móvil, lo apagas y me miras como si me descubrieras por primera vez, sonríes todavía dormida (no hablas ni maldices como por la mañana, cuando tienes tanto sueño que no eres tú o eres más tú que nunca), te pregunto si quieres una infusión y respondes ni sí ni no: por favor. Y yo me levanto, rozo tu cabeza con mi mano al pasar junto a ti, entro en la cocina, relleno el hervidor de agua (nuevo, azul), programo la temperatura y espero, mientras observo como suben los grados centígrados hasta los ochenta y recuerdo a Alfonso, su manera de decir: no hay que dejar que el agua hierva, que no se rompa la burbuja. Y yo, despechado, Bah. Y ahora, aquí, esperando, tres minutos, a que el té verde coja cuerpo para volver al salón, al sofá, contigo y apurar este tiempo que todavía nos queda.


Recomendaciones de la semana

  • Dos libros. Cioran. Manual de antiayuda de Alberto Domínguez me parece una aproximación muy apropiada para aquellas personas que quieran acercarse al filósofo (por ponerle una etiqueta). Con sentido del humor y muy actual. Autobiografía de un yogui de Paramahansa Yogananda es precisamente eso: la autobiografía de una persona que dedicó su vida a alcanzar la perfección espiritual. Lo hizo a través de la lectura, la experiencia y el autoconocimiento. Yo le daría una buena corrección de estilo para que no sonara tan arcaico, pero creo que su contenido se acaba imponiendo a su forma.

  • Un documental. Ladrones de tiempo de Cosima Dannoritzer. Lo hemos visto en Somos documentales de La 2, en la nueva aplicación de RTVE. Al menos, en mi televisor, no va muy bien, pero es un lujo poder acceder en cualquier momento a gran parte del contenido de nuestra televisión pública. Y no sigo que me caliento. El documental es una investigación rigurosa, amena y entretenida sobre el concepto del tiempo: ¿desde cuándo usamos relojes?, por ejemplo. Adivina cuales son los principales obstáculos para que disfrutemos de nuestro propio tiempo: el trabajo y los teléfonos (mal llamados) inteligentes. Lo dice Dannoritzer. Y muchos otros. Y yo también.

  • Una serie. El tiempo que te doy de Inés Pintor Sierra, Pablo Santidrián y Nadia de Santiago. Nos ha deslumbrado. Es la serie más fresca que hemos visto en mucho tiempo. Chapó. Personajes muy bien desarrollados (y dirigidos), un uso inteligente de la fotografía (y su banda sonora) y una progresión dramática administrada con pericia para narrar el desamor como nadie lo había hecho antes. ¿No es eso lo que intentamos todos los contadores de historias? Lo consigue gracias a una estructura que yuxtapone el presente con el pasado y conseguirá que no puedas dejar de ver, uno tras otro, sus diez episodios de once minutos de duración. Está disponible en Netflix. Y se quedará contigo.