Volver

Leroy Johnson, Clarice Lispector, Extremoduro y el camarero hortelano

Volvemos. Regresamos de la Ribeira Sacra por Zamora. Allí queda Marga. Marga y su padre, Marga y sus recuerdos, Marga y todos los verdes, tantas Margas tres mil. Marga soy yo. Tomamos un atajo por la Nacional. Huimos de la autovía, de la velocidad, de los cafres y los agonías. Según nuestra última estadística, suelen conducir un BMW o un Seat León de los antiguos. No nos gusta la velocidad. Nos gusta contemplar los árboles, las rapaces. Un pueblo, otro. No tenemos prisa. Esto también forma parte del viaje. Cantamos en voz alta. Compartimos el silencio. Impresiones. ¿Te acuerdas de…? Pienso que. Te confieso que quería ser como Leroy Johnson y te pido que valores las vacaciones. Que me digas qué te han parecido. Largas, bromeas. Intensas, acoto. Apenas me ha dado tiempo a leer uno de los libros que llevaba conmigo, la biografía de Clarice Lispector. No hemos visto ninguna película, ni un capítulo, ¿lo echas de menos? Más de dos mil ochocientos kilómetros después, volvemos a casa.

Pasamos la tarde (y la noche) en Cáceres. El apartamento te decepciona, pero no dices nada. Al menos, podemos ir caminando al centro. Demasiada gente. Cenamos algo mientras te cuento que recuerdo aquella plaza, aquel garito, de cuando hice la mili. Sí, ha pasado mucho tiempo de aquello. Justo antes de que nos conociéramos. Pareces ponerte celosa de que haya un tiempo en el que no estuvimos juntos, en el que otra, compartía conmigo la cama. No te hablo de Raquel. No digo nada de su Ford Fiesta rojo. No te cuento que el día de la jura de bandera fue ella quién acudió a recogerme. A mi madre le había prohibido que asistiera al acto. Fue un (pequeño, insignificante) gesto de rebeldía. No quería que me vieran disfrazado de soldado, desfilando junto a cientos de jóvenes con los que había compartido menos de tres meses. ¿Me sirvió? No sabía cómo era el mundo más allá de las aulas de la universidad, de Entrevías: deprimente. No era como me lo imaginaba. Enseñé a leer a un chico que llevaba conduciendo tractores desde los doce años. Aprovechó el servicio militar para sacarse todos los carnés de conducir que pudo. Cuando terminamos, nos destinaron juntos a Aluche, le regalé las botas, el chaquetón y los uniformes. Me dijo que era para venderlo. Tenía la ilusión de reengancharse.

Al mediodía, dejamos Cáceres. Mientras conduces, pincho algunas canciones de Extremoduro y sonríes (no te queda otra) de lo mal que canto. Al menos, conozco la letra de casi todas las canciones. Y eso te sorprende. Reflexiono en silencio: hace más de veinticuatro años, yo escapaba en un Ford Fiesta rojo con dirección a Plasencia. Conducía ella, no voy a repetir su nombre, quizá íbamos escuchando la misma música que escuchamos tú y yo ahora, en un Seat Ibiza negro, camino de casa. Apenas recuerdo aquel viaje. Me gustaría pensar que no sucederá lo mismo con este. Ojalá, dentro de veinticinco años, volvamos por esta carretera y nos recordemos.

En Aveiro, no pude evitar subirme a un quiosco y contarles un cuento (en verso) a mis sobrinos. Espero que no tenga efectos secundarios.

Cuando nos entra hambre, abandonamos la autovía y dejamos que el navegador nos guíe hacía una estación de servicio con cafetería. Sin horarios, libres, decides probar suerte en un bar que hay cerca del aparcamiento; no en el que nos dirigíamos. Te ha atraído su terraza, amplia, casi vacía. Miramos a ver qué hay, dices. Escaneo el QR mientras el camarero se ofrece a limpiarnos la mesa, nos pregunta qué queremos beber. Agua, fría, grande. Ya te había dicho, antes de bajarnos del coche, lo que yo iba a pedir: huevos con patatas. Después de examinar la carta, eliges un bocadillo de tortilla francesa. Estás harta de comer fuera, lo sé, quieres comer algo verde que no sea una ensalada. ¿Por qué en los bares, en los restaurantes, es tan difícil encontrar algo distinto? Siempre lo mismo, te quejas. Es imposible comer bien fuera de casa. Me siento culpable, bromeo: ayer, para comparar (y sólo como un experimento científico) comí entrecot de ternera charra. Todavía tenía reciente el sabor del chuletón de vacuno gallego de casi dos kilogramos que nos habíamos comido en la bodega de Óscar. Los berberechos “a las partículas” fueron un buen entrante. Consigo que sonrías.

El camarero nos trae la botella de agua, los vasos y una tapa de tomate aliñado. Nada más probarlo, nos miramos a la cara. Sabe a tomate, a tomate de huerto, maduro, con una pizca de sal y un chorro de aceite. Así de fácil. ¿Pedimos una ración?, preguntó. Asientes. Cuando el camarero, otro, nos sirve la comida, le preguntó si sería posible una ración de tomate. ¿Ensalada?, pregunta incrédulo. No, no, sólo de tomate. Está buenísimo, respondo. Sí, claro, dice encogiéndose de hombros. 

Comemos.

Cuando le pedimos la cuenta al primer camarero, nos pregunta ¿Qué tal todo? y decimos, casi al unísono, Los tomates, buenísimos. Sus ojos se achinan hasta formar una linea, intuyo su sonrisa jactanciosa al otro lado de la mascarilla. Son de mi huerto, dice satisfecho. ¿Vais o volvéis?, pregunta a continuación. Volvemos, respondo, a Málaga. Pues ahora os traigo un regalito, dice antes de darse la vuelta y desaparecer en el interior del bar Vía de la plata. Cuando regresa, trae la cuenta  y una bolsa llena de tomates. Los deja sobre la mesa entre nuestras protestas. Tú, emocionada por el gesto, tienes los ojos acuosos. Le damos las gracias, Gracias, Gracias, y el señor se marcha, sin darle mayor importancia, a atender otra mesa.

Reviso la cuenta: tampoco nos ha cobrado la ración de tomate aliñado.


Recomendaciones de la semana

  • No he terminado de leer Por qué este mundo de Benjamin Moser así que no te voy a recomendar que lo leas. Ni todo lo contrario. Mi libro favorito de Clarice Lispector es La hora de la estrella. Creo que es una de las mejores novelas cortas del siglo XX por lo que la he incluido en el curso que impartiré a partir de octubre. Si quieres más información, sólo tienes que escribirme.

  • Si te apetece un documental para el fin de semana, me ha gustado mucho Bob Ross: Casualidades, traiciones y avaricia. Desconocía por completo a este personaje y su “placer de pintar”. Si quieres descubrir cómo las ideas más altruistas pueden convertirse en pingües beneficios, no dejes de verlo. Lo siento por su hijo. Está disponible en Netflix.